Publicado: 26-09-2003
Retrato
del intelectual como militante
Edward
Said, una de las voces internacionales más potentes de los palestinos,
falleció ayer en un hospital de Nueva York como consecuencia de un cáncer.
Eminente musicólogo, enseñaba literatura inglesa y comparada en
Columbia y fue autor de numerosas obras sobre el conflicto entre israelíes
y palestinos. Said, que tenía 67 años, recibió el año
pasado el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, junto al músico
israelí de origen argentino Daniel Barenboim, por su "generosa y
encomiable tarea en favor de la convivencia y de la paz". En esta nota,
el periodista británico Robert Fisk, quien fuera su amigo, traza la figura
de un hombre de muchos mundos.
Por
Robert Fisk
La
última vez que vi a Edward Said le pedí que siguiera viviendo.
Sabía de su leucemia. Varias veces había dicho que estaba recibiendo
un tratamiento de primera línea de un médico judío y, a
pesar de toda la basura que sus enemigos le tiraban, siempre reconocía
la bondad y el honor de sus amigos judíos, entre los cuales Daniel Barenboim
era de los mejores. Edward estaba cenando en un restaurante junto a su familia
en Beirut, frágil pero enojado por el último renuncio de Arafat
para con Palestina e Israel. Y contestó a mi pedido como un soldado.
"No me voy a morir", dijo. "Porque tanta gente me quiere ver
muerto."
La
primera vez que lo vi fue al comienzo de la guerra civil libanesa. Había
oído hablar de este hombre, este luchador intelectual, lingüista,
académico y musicólogo y -Dios perdone mi ignorancia en los '70-
no sabía mucho sobre él. Me dijeron que fuera a un departamento
cerca de la calle Hamra en Beirut. Había disparos en las calles -qué
fácilmente llegamos a aceptar la normalidad de la guerra-, pero cuando
trepé las escaleras hacia su departamento, escuché una sonata
de piano de Beethoven. No, no era "Claro de Luna" -nada demasiado
popular para Edward-, pero esperé ante la puerta pintada de marrón
por 10 minutos hasta que hubo terminado.
"Leíste
mis libros, Robert, pero apuesto a que no has leído mi trabajo sobre
música", me retó una vez. Y, por supuesto, corrí a
la Librarie International en el Edificio Gefinor en Beirut para comprar su libro
definitivo para añadir a mi colección: sus maravillosos ensayos
sobre los palestinos, críticas a la corrupción y maldad de Yasser
Arafat, su indignada condena a la criminalidad de Ariel Sharon.
No
era un hombre sin defectos. Podía ser arrogante, podía ser cruel
en su crítica. Podía ser repetitivo. Podía enojarse hasta
la exasperación. Pero tenía tanto por lo que enojarse. Una tarde,
fui a verlo a la casa de su hermana Jean en Beirut -una señora cuyo propio
racconto de la invasión israelí a Líbano en 1982, Fragmentos
de Beirut, es digno de la integridad de su hermano- y lo encontré medio
recostado en un sofá.
"Estoy
un poco cansado por el tratamiento de la leucemia", dijo. "Sigo andando.
No pararé." Era un tipo duro, el defensor más elocuente de
un pueblo ocupado y el atacante más irascible de su liderazgo corrupto.
Arafat prohibió sus libros en los territorios ocupados, probando así
la inmensidad de Said y el empobrecimiento intelectual de Arafat.
En
el primer encuentro en Beirut a fines de los '70, le pregunté por Arafat.
"Fui a una reunión que tuvo el otro día en Beirut",
me dijo. "Y Arafat estaba parado ahí y le preguntaban sobre el futuro
del Estado Palestino y lo único que podía decir era 'hay que hacerle
esa pregunta a cada niño palestino'. Todos aplaudieron. Pero ¿qué
quería decir? ¿De qué diablos estaba hablando? Era retórica.
Pero no significaba nada."
Después
de que Arafat adhiriera a los acuerdos de Oslo, Said fue el primero, y con razón,
en atacarlo. Arafat nunca había visto un asentamiento judío en
los terrenos ocupados, dijo. No había ni un solo abogado palestino presente
durante las negociaciones de Oslo. Said fue inmediatamente condenado -todos
los que dijimos que Oslo sería un fracaso catastrófico lo fuimos-
como "antipacifista" y por extensión "pro terrorista".
Said
se cansaba de repetir la historia palestina, la importancia de denunciar las
viejas mentiras. Una de ellas, que lo enfurecía particularmente, era
el mito de que las estaciones de radio árabes habían dicho a los
árabes palestinos de 1948 que abandonaran sus hogares en el nuevo Estado
israelí. Y él repetía, una y otra vez, la importancia de
volver a contar la historia de la tragedia palestina. Fue acosado por llamados
anónimos; su oficina fue visitada por un hombre bomba y muchas veces
fue difamado por los judíos norteamericanos que odiaban que él,
un profesor de literatura de Columbia, pudiera defender a su pueblo ocupado
tan elocuente y vigorosamente.
Se
hizo un intento, en sus últimos días, de privarlo de su trabajo
académico por parte de algunos crueles partidarios de Israel que declaraban
la misma falsa y vieja calumnia, que era un antisemita. Columbia, en una declaración
larga y un poco ambivalente, lo defendió. Cuando el decano judío
de Harvard expresó su preocupación por el crecimiento del "antisemitismo"
en Estados Unidos, por aquellos que se animaban a criticar a Israel, Said escribió
mordazmente que un académico judío que era decano de Harvard "¡se
queja del antisemitismo!".
Mientras
su salud declinaba, fue invitado a dar una conferencia en el norte de Inglaterra.
Todavía puedo oír a la señora que la organizaba quejarse
porque él insistía en viajar en business class. ¿Pero por
qué no? ¿No se le permitía a un hombre que estaba muy enfermo,
luchando por su vida y su pueblo, un poco de comodidad para cruzar el Atlántico?
Su amistad con el brillante Barenboim, y su apoyo conjunto por una orquesta
árabe-israelí que recién el mes pasado tocó en Marruecos,
era prueba de su decencia humana. Cuando a Barenboim se le negó el permiso
para tocar en Ramallah, Said redispuso su concierto, para rabia del gobierno
de Sharon, por el que Said sólo tenía desprecio.
La
última vez que lo vi estaba exultante de felicidad por el casamiento
de su hijo con una hermosa joven. La vez anterior que lo vi estaba furioso por
el fracaso de los palestinos en Boston para arreglar las diapositivas en el
orden correcto para una conferencia sobre el "derecho a regresar"
de los palestinos a Palestina. Como todos los académicos serios, quería
la exactitud. Más grande fue su furia cuando uno de sus enemigos declaró
que nunca había sido un verdadero refugiado de Palestina porque estaba
en El Cairo en el momento de la expulsión de los palestinos. No tenía
paciencia con el periodismo chapucero -no hay más que echar una mirada
a "Informando sobre el Islam", su análisis de los informes
periodísticos sobre la revolución iraní-, y tenía
aún menos paciencia con los conductores de televisión norteamericanos.
"Cuando estuve en el aire -me dijo una vez-, el cónsul israelí
en Nueva York dijo que yo era un terrorista y quería matarlo. ¿Y
qué me dijo la conductora a mí? "Señor Said, ¿por
qué quiere matar al cónsul israelí?" "¿Qué
se contesta a una basura así?"
Edward
era un "rara avis". Era a la vez un ícono y un iconoclasta.
La
fuente: el autor es periodista de The Independent, de Gran Bretaña.
La versión en español fue publicada por el diario argentino Página
12, con traducción de Celita Doyhambéhère.
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