Publicado: 16-10-2003
El mundo
no debe pagar por la ocupación de Irak
Pese
a la destrucción causada por la invasión, lo más costoso
en Irak no es la recuperación de su infraestructura sino el mantenimiento
de las tropas norteamericanas. Washington paga 51.000 millones de dólares
anuales por el emplazamiento de sus 140.000 efectivos. Si los retirara, habría
ingresos más que suficientes para hacer funcionar el gobierno iraquí
y apoyar la recuperación de su producción petrolera. Pero además
del espantoso derroche de vidas y dinero en la guerra, Estados Unidos le ha
causado otro gran daño al mundo: al centrar la atención global
en una crisis económica que, en realidad, no existe, ha distraído
al público de otras crisis graves y reales.
Por
Jeffrey D. Sachs
NUEVA
YORK.- Estados Unidos quiere que el mundo se comprometa a donar miles de millones
de dólares para la reconstrucción de Irak. La respuesta debería
ser un no rotundo. La reconstrucción a largo plazo de Irak no requiere
asistencia financiera extranjera, sino un arreglo político. Y sólo
se podrá llegar a él con el retiro del ejército de ocupación
norteamericano. Los miles de millones de dólares que busca Washington
deberían encauzarse hacia verdaderas urgencias globales, como la lucha
contra el sida y el hambre.
Cuando el gobierno de Bush emprendió su guerra contra Irak, quizá
se proponía convertirlo en una nueva base para operaciones militares
en la región del Golfo Pérsico. Después de los ataques
terroristas del 11 de septiembre de 2001, quiso retirar sus tropas de Arabia
Saudita y, presumiblemente, eligió a Irak como base sustituta. Atribuyo
a esto su tenaz oposición a una pronta transferencia de soberanía
a los iraquíes. Un Irak genuinamente soberano bien podría ordenarle
salir de su territorio.
Mientras Estados Unidos siga siendo una fuerza de ocupación es improbable
que Irak tenga estabilidad política. Sin ella, tampoco es probable su
recuperación económica. Para muchos iraquíes, Estados Unidos
es un ocupante colonialista. Por eso es blanco de ataques no sólo por
grupos leales a Saddam Hussein, sino también por diversas facciones nacionalistas
iraquíes y por combatientes árabes de países vecinos.
Además de matar iraquíes, estos ataques están destruyendo
la economía de Irak. Han logrado cortar el flujo de gran parte de sus
exportaciones de petróleo. En el Norte, el oleoducto a Turquía
funciona esporádicamente, cuando mucho, por obra de las voladuras reiteradas.
Por la misma razón, los yacimientos sureños carecen de electricidad
suficiente para operar al máximo. Según dicen, Irak estaría
bombeando entre uno y dos millones de barriles diarios; en tiempos de paz, podía
alcanzar rápidamente entre dos y tres millones por día.
La verdadera causa de la crisis financiera iraquí es esta caída
de sus ingresos petroleros y no la falta de ayuda externa. Al precio actual
en el mercado mundial (30 dólares el barril), cada reducción de
un millón de barriles diarios se traduce en unos 30 millones de dólares
de ingresos diarios perdidos. Por tanto, si Irak aumentara sus exportaciones
de petróleo en un millón de barriles diarios, como podría
hacerlo si cesaran los ataques a su infraestructura, dispondría de unos
10.000 millones de dólares anuales en ingresos adicionales para empezar
la reconstrucción.
De aquí a tres años, quizá podría llegar a producir
unos cinco millones de barriles diarios, o sea, de tres a cuatro millones más
que ahora. En un cálculo aproximado, eso representaría un ingreso
adicional de 30.000 a 40.000 millones de dólares anuales, cifra suficiente
no sólo para restaurar los servicios básicos, sino también
para mejorar considerablemente el nivel de vida y el crecimiento económico.
A esas alturas, Irak sería un país con ingresos medianos y con
un PBI per cápita de varios miles de dólares anuales (incluyendo
su producción en otras áreas). En suma, no necesitaría
ninguna ayuda oficial para su desarrollo.
Lo más costoso en Irak no es su reconstrucción, sino el mantenimiento
de las tropas norteamericanas. Estados Unidos paga 51.000 millones de dólares
anuales por apostar allí 140.000 efectivos, o sea, unos 360.000 dólares
anuales por soldado. Son cifras pasmosas. Retirando sus tropas, podría
ahorrar decenas de miles de millones de dólares anuales. Si lo hiciera
y en 2004 diese a Irak apenas una fracción de lo ahorrado, habría
ingresos por acrecentamiento más que suficientes para hacer funcionar
el gobierno iraquí y apoyar la recuperación de su producción
petrolera.
Además del espantoso derroche de vidas y dinero en la guerra de Irak,
Estados Unidos le ha causado otro gran daño al mundo. Al centrar la atención
global en una crisis económica que, en realidad, no existe, ha distraído
al público de otras crisis graves y reales. Si Estados Unidos exhortara
a los países donantes a encarar verdaderos asuntos de vida o muerte,
como la batalla contra el sida y el hambre, el mundo se pondría de pie
para ovacionarlo.
Consideremos la lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria. En 2004,
unos ocho millones de personas empobrecidas sucumbirán a estas tres enfermedades,
pese a que pueden prevenirse y tratarse. En 2001, el mundo creó el Fondo
Global de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria. No obstante, para
el año fiscal 2004 el gobierno de Bush le asigna tan sólo 200
millones de dólares, contra los 71.000 millones comprometidos para Irak.
O sea, 350 dólares por cada dólar que aportará al Fondo
Global. Distorsiona las prioridades de manera grotesca. Peor aún: incita
a otros países donantes a parejo despilfarro.
Es hora de que el mundo comunique a Estados Unidos algunas noticias duras. Otras
naciones no pagarán por su ocupación de Irak. Estados Unidos tiene
que expresar claramente su intención de retirar sus tropas en forma rápida
y total. Más aún: debe poner fin a su derroche en gastos militares
y orientar su acción hacia la gente más pobre del planeta. Es
un esfuerzo financiero en el que el mundo puede y debe acompañarlo.
La fuente: El autor es profesor de economía
y director del Earth Institute, en la Universidad Columbia. Su artículo
ha sido publicado previamente por el diario argentino La
Nación. La traducción del inglés pertenece a Zoraida
J. Valcárcel.
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