Publicado: 31-07-2006
Días
de oscuridad
El
Líbano, que nunca ha luchado contra Israel, está siendo destruido
por nuestros aviones y nuestra artillería y nadie está considerando
la cantidad de odio que estamos sembrando. En la opinión pública
internacional, Israel se ha convertido en un monstruo, y eso no ha sido calculado
en la columna del débito de esta guerra. Israel se ha ensuciado, y esa
mancha moral no será ni fácil ni rápidamente limpiada.
Y sólo nosotros no queremos verlo.
Por
Gideon Levy
Israel se está ahogando en una atmósfera
estridente y nacionalista, y la oscuridad está empezando a cubrirlo todo.
Los frenos que aún nos quedaban están erosionándose, la
insensibilidad y la ceguera que ha caracterizado a la sociedad israelí
en los años recientes se está intensificando. El frente interno
está cortado a la mitad: el norte sufre y el centro está sereno.
Pero los dos han sido tomados por la retórica del jingoísmo, la
crueldad y la venganza, y las voces del extremismo que eran características
de sectores marginales ahora son expresiones del corazón de la sociedad.
La izquierda ha perdido el rumbo una vez más, envuelta en el silencio
o admitiendo los "errores". Israel está mostrando, unificada,
su cara nacionalista.
La devastación que estamos sembrando en el Líbano no la sufre
nadie aquí y la mayor parte de esas atrocidades ni siquiera se muestran
a los israelíes. Para aquellos que quieren saber a qué se parece
la ciudad de Tiro ahora deben apelar a medios extranjeros -los reportes de la
BBC muestran imágenes escalofriantes de allí, como no se muestran
aquí. ¿Cómo podemos dejar de estremecernos por el sufrimiento
que le proporcionamos al otro, aun cuando el norte de nuestro país también
sufra? Las muertes que nosotros estamos sembrando al mismo tiempo en Gaza, con
aproximadamente 120 muertos desde el secuestro de Gilad Shalit, 27 de ellos
el miércoles último, nos afectan menos inclusive. Los hospitales
en Gaza están llenos de niños quemados, y ¿quién
los atiende? La oscuridad de la guerra en el Líbano también los
cubre a ellos.
Desde el momento que hemos crecido pensando en el castigo colectivo como un
arma legítima, no es nada nuevo que asumamos sin cuestionamientos el
cruel castigo al Líbano por las acciones de Hezbollah. Si es correcto
hacerlo en Nablús, ¿por qué no en Beirut? La única
crítica en torno de esta guerra se refiere a cuestiones tácticas.
Ahora todos somos generales y estamos empujando al ejército a profundizar
sus actividades. Comentaristas, ex militares y políticos compiten entre
sí para ver quién tiene las propuestas más extremas.
Haim Ramón (n.d.r: ministro de Justicia) no "entiende" por
qué todavía hay electricidad en Baalbek; Eli Yishai (presidente
del partido ultraortodoxo Shas) propone convertir el sur del Líbano en
un "campo de pruebas"; Yoav Limor, corresponsal militar del Canal
1, propone una exhibición de cadáveres de militantes de Hezbollah
y al día siguiente hacer un desfile de prisioneros en ropa interior para
"fortalecer" la moral interior.
No es difícil de suponer qué pensaríamos nosotros sobre
un canal de televisión árabe cuyos comentaristas dijeran algo
así, pero ante otro incidente o fracaso militar la propuesta de Limor
se llevará a cabo. ¿Hay acaso alguna evidencia mejor sobre cómo
hemos perdido nuestros sentidos y nuestra humanidad?
El chauvinismo y la sed de venganza están a la orden del día.
Si hace dos semanas sólo locos como el rabino de Safed, Shmuel Eliyahu,
se permitiía hablar sobre "limpiar" cada pueblo desde donde
se disparara un Katyusha, ahora un funcionario senior de las Fuerzas Armadas
aparece diciendo lo mismo en los principales títulos del Yedioth Aharonoth.
Los pueblos libaneses no han podido ser "limpiados" todavía,
pero nosotros llevamos mucho tiempo trasponiendo nuestros propios límites.
Un padre desconsolado, Haim Avraham, cuyo hijo fue secuestrado y asesinado por
el Hezbollah en octubre del 2000, disparó un proyectil de artillería
en el Líbano para los reporteros. Fue la venganza para su hijo. Su imagen,
abrazando la bomba "decorada con leyendas", es una de las más
deshonrosas de esta guerra. Y fue sólo la primera. Un grupo de niñas
también tiene su fotografía escribiendo mensajes en misiles disparados
por el ejército.
Maariv, que se ha convertido en el Fox News de de Israel, llena sus páginas
con las consignas chauvinistas lanzadas por la maquinaria de propaganda, como
"Israel es fuerte" -que en verdad es indicativo de debilidad-, mientras
un comentarista televisivo pide el bombardeo de una estación de televisión
libanesa.
El Líbano, que nunca ha luchado contra Israel, y tuvo 40 periódicos,
42 universidades y centenares de bancos, está siendo destruido por nuestros
aviones y nuestra artillería y nadie está considerando la cantidad
de odio que estamos sembrando. En la opinión pública internacional,
Israel se ha convertido en un monstruo, y eso no ha sido calculado en la columna
del débito de esta guerra. Israel se ha ensuciado, una mancha moral que
no será ni fácil ni rápidamente superada. Y sólo
nosotros no queremos verlo.
La gente quiere la victoria, y nadie sabe de qué se trata ni cuál
será su precio.
La izquierda sionista también se ha mostrado irrelevante. Como en cada
prueba difícil en el pasado -las dos Intifadas, por ejemplo- también
ahora ha fallado, justamente cuando más se necesitaba su voz como contrapeso
a la estridencia de quienes golpean los tambores de la guerra. ¿Por qué
tener una izquierda si a cada examen se une al coro nacionalista?
Paz Ahora está de pie, silenciosamente, lo mismo que Meretz, con la excepción
de Zehava Gal-On. Apenas alcanzaron unos días de guerra elegida para
que Yehoshua Sobol esté admitiendo que él estuvo equipado desde
el principio. De repente, Paz Ahora se ha convertido para él en un "eslogan
infantil". Sus colegas están callados y su silencio no es menos
grave. Sólo la extrema izquierda ha hecho oir su vos, pero es una voz
a que nadie escucha.
Mucho antes de que esta guerra se decidiera, podía saberse que la escalada
terminaría afectando nuestra moral, amenazando nuestra existencia e imagen
tanto como los Katyushas del Hezbollah.
La
fuente:
el autor es periodista del diario israelí Haaretz.
La traducción del inglés pertenece a Sam More para elcorresponsal.com.
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