Publicado: 14-06-2002
El doble
lenguaje de la democracia
Nadie
podría estar en desacuerdo con las exigencias occidentales para que Arafat
democratice su gobierno, pero lo que desautoriza el reclamo es la doble moral
que lo rige. Por un lado, el interés por demostrar que los palestinos
no son demócratas contradice hasta cierto punto la realidad y, por otro,
invita a preguntarse por qué la cuestión de la democracia y el
Estado de derecho ha sido completamente evacuada en las relaciones que los países
occidentales mantienen con otras naciones de la región. Los principios
de la democracia son universales y por lo tanto exigibles a todos. ¿Qué
esfuerzo internacional se está haciendo para conseguir que Israel informe,
al menos a sus propios familiares, dónde están los casi dos mil
palestinos arrestados arbitrariamente durante su ofensiva militar de las últimas
semanas? ¿Quién pide a Israel que, de acuerdo con la justicia,
diga quiénes son y de qué se los acusa y a qué juicios
se van a enfrentar? ¿Quién se está preocupando de conocer
el paradero y destino del destacado líder palestino Marwan Barghuti,
desaparecido desde su detención en Ramallah hace unas semanas? Un Estado
se define también como democrático de acuerdo a cómo trata
a los 'otros'. Y en ese sentido, Israel es una democracia más que imperfecta
y, por lo tanto, también sometida a la exigencia de enmendar sus comportamientos.
Por
Gema Martín Muñoz
 |
| Diálogo
de sordos. |
Tras
la liberación de Yasser Arafat y la destrucción masiva de las
infraestructuras palestinas durante la invasión militar israelí
de las
últimas semanas, la nueva fase de la reconstrucción que ahora
se abre ha planteado la cuestión de la reforma de la Autoridad Palestina.
Que se abra un intenso debate en el seno de la comunidad palestina en torno
a la necesidad de democratizar sus instituciones y profundizar en la transparencia
de la gestión económica no puede ser recibido más que como
algo saludable. Pero como esta situación, lamentablemente, deja con mucho
de ser una cuestión estrictamente entre palestinos, y como además
los déficits de democratización no conciernen sólo a Gaza
y Cisjordania, sino a todos en la región medio-oriental, creo que es
necesario aproximarse a esta cuestión desde una dimensión más
global y en una más justa medida.
Han sido diversas las ocasiones en que últimamente el presidente Bush
ha exigido a Arafat la democratización de su gobierno, a lo que se unen
sus colegas europeos recordando siempre que los palestinos tienen que crear
un Estado democrático. No podríamos más que estar de acuerdo
con estas peticiones si no estuviesen, de hecho, desautorizadas por la doble
moral que las rige. Por un lado, tanto interés por resaltar que los palestinos
no son demócratas contradice hasta cierto punto la realidad y, por otro,
invita a preguntarse por qué ese concentrarse en los palestinos, que
son los que se encuentran en la peor situación posible para desarrollar
siquiera un proceso político y económico con continuidad, cuando,
sin embargo, la cuestión de la democracia y el Estado de derecho ha sido
completamente evacuada en las relaciones que los países occidentales
mantienen con otros países árabes de la región, con el
'golpista' régimen paquistaní, e incluso con Israel.
Según el informe del Banco Mundial -nada sospechoso de partidista-, Government
and the business environment in the West Bank and Gaza, hecho público
el 12 de mayo del 2001, el nivel de corrupción de la Autoridad Palestina,
lejos de lo que indica la sobredimensión que se ha dado al tema, es mucho
menor que el de los países vecinos que, sin embargo, los representantes
de Occidente protegen con un silencio cómplice, e incluso el de algunos
países desarrollados. Así mismo, en la sociedad palestina existe
una extensa red de organizaciones civiles consolidadas que no han dejado nunca
de vigilar y denunciar los abusos arbitrarios del gobierno y que, junto a muchos
de sus intelectuales y hombres políticos, han mantenido una continua
movilización que ha puesto límites a las tendencias autoritarias.
La pluralidad e independencia de la sociedad civil palestina es sin duda mucho
más real y efectiva que en otras partes donde no se vive en las condiciones
infrahumanas que lo hacen los palestinos.
Por supuesto que ha habido un uso arbitrario del poder y actuaciones al margen
del Estado de derecho, pero los factores que han promovido esta situación
no se limitan sólo a la sin duda existente cultura política jerarquizada
y autoritaria de la OLP. Durante los ocho años de las negociaciones de
paz en el marco de Oslo, la estrategia de Estados Unidos e Israel se definió
por colocar la seguridad en primera línea de interés, invirtiendo
intensamente en la policía palestina y los servicios de inteligencia,
mientras quedaba relegada la democratización de la Autoridad Palestina
y la rehabilitación de servicios públicos básicos como
sanidad, educación, vivienda, infraestructuras... Por el contrario, durante
esos años, una muy buena parte de lo gastado por la Autoridad Palestina
se dedicó a la construcción de prisiones y a enrolar decenas de
miles de hombres en los servicios de policía y seguridad a fin de castigar
a todos aquellos que perturbaban la 'tranquilidad' de la ocupación.
Asimismo, por medio de los acuerdos de Oslo, de hecho se pidió a la AP
que violase los derechos humanos con detenciones al margen de cualquier proceso
legal. Israel daba a la CIA su lista de personas que quería fuesen detenidas
y ésta al gobierno palestino, que, siguiendo la recomendación
de ambos, abrió los 'Tribunales de seguridad' en los que, en efecto,
la justicia ha brillado por su ausencia y han sido utilizados tanto contra los
perseguidos por Israel como contra quienes criticaban esa situación.
Cuando con la Intifada esos tribunales de seguridad se han utilizado contra
los palestinos colaboracionistas con Israel, es cuando se ha llevado a cabo
la denuncia israelí y occidental de esos juicios sumarios, pero no de
todas las violaciones anteriores.
En las últimas semanas, este conflicto palestino-israelí ha vuelto
a poner a prueba el rigor moral de la defensa de la ley y los derechos humanos
que hace la comunidad internacional. Permitir el silencio de lo ocurrido en
Jenín (enorme 'zona cero' de Cisjordania, como decía Amira Hass
recientemente) abandonando la investigación de la ONU a cambio de un
trato que no ha hecho honor a nadie, ni por supuesto al propio Arafat, es perder
toda autoridad moral para hablar en nombre de la civilización y la democracia.
A continuación, la 'solución' del encierro y acoso en la Natividad
de Belén ha puesto a dura prueba el comportamiento legal de la comunidad
internacional. Hasta ahora, y no es poco, se había consentido a Israel
saltarse las leyes internacionales
al servicio de su propia interpretación legal con respecto a los territorios
ocupados y 'sus' terroristas, pero que haya
logrado obligarnos a asumir implícitamente dicha interpretación,
aceptando la deportación de 13 palestinos contra los que
ningún país tiene cargos y que en suelo europeo van a tener el
estatuto de refugiados, nos muestra los grandes déficits de ley y justicia
que existen en el conflicto palestino-israelí y las contradicciones a
las que nos arrastra la incapacidad para resolver este
conflicto con un mínimo de equidad y legalidad.
De la misma manera, los principios de la democracia son universales y por tanto
exigibles a todos, y si no es así no se hace más que devaluar
su propia esencia ¿Qué esfuerzo internacional se está haciendo
para conseguir que Israel informe, al menos a sus propios familiares, dónde
están los casi dos mil palestinos arrestados arbitrariamente durante
su ofensiva militar de las últimas semanas? ¿Quién pide
a Israel que, de acuerdo con la justicia, diga quiénes son y de qué
se les acusa y a qué juicios se van a enfrentar? ¿Quién
se está preocupando de conocer el paradero y destino del destacado líder
palestino Marwan Barghuti, desaparecido desde su detención en Ramallah
hace unas semanas? Un Estado se define también como democrático
de acuerdo a cómo trata a los 'otros'. Y en ese sentido, Israel es una
democracia más que imperfecta y, por tanto, también sometida a
la exigencia de enmendar sus comportamientos.
Por ello no debemos engañarnos pensando que de momento se está
pensando en enderezar esta situación en la debida forma y, como consecuencia
de ello, promover una reforma democrática en la Autoridad palestina.
Y no será por falta de ganas de la mayor
parte de los palestinos, que inmediatamente se han movilizado a favor de esta
idea, incluso una parte significativa de personalidades
del entorno de la Autoridad Palestina. Pero tras el término reformas
y el envoltorio de la democracia, en lo que Israel y Estados Unidos están
pensando (y, como siempre, acabará asumiendo Europa por defecto) es sobre
todo, y una vez más, en reestructurar en profundidad las instancias de
seguridad palestinas, unificarlas y hacerlas capaces de controlar con mano de
hierro la calle palestina y las formaciones de oposición a fin de impedir
toda operación suicida. Bien es cierto que, además, personalidades
árabes como el rey de Jordania están tratando de dialogar con
Hamás y Fatah para conseguir un Gobierno de unidad nacional capaz de
establecer una estrategia unificada y unida con objetivos políticos claros
y realizables que no caigan en la trampa del terrorismo que políticamente,
a la postre, rentabiliza internacionalmente Israel.
Pero ese tipo de evoluciones poco interesan a la clase dirigente israelí
actual. De hecho, cada vez que surge una iniciativa en ese sentido acompañada
de un período sin ataques suicidas, Israel inicia nuevas incursiones
y asesinatos extrajudiciales de líderes palestinos que, desafortunadamente,
desembocan en un nuevo atentado. No hay que ser muy despabilado para darse cuenta
de que el gobierno de Sharon busca deslegitimar la causa palestina reduciéndola
a un caso de terrorismo a fin de que se olvide el concepto de ocupación
que es el arma histórica, jurídica y política de los palestinos.
Beneficiándose del ambiente internacional de 'lucha contra el terrorismo'
y de las lagunas de dicha política (fundamentalmente dos: la falta de
definición de terrorismo y la ausencia de mecanismos de supervisión
jurídica en el ejercicio de tal lucha), Sharon busca poner contra las
cuerdas a Estados Unidos para que aplique las reglas del juego que él
mismo ha establecido en su cruzada contra el terrorismo, lo apoye incondicionalmente
e incluso
no mantenga su posición de seguir contando con Arafat. El resultado
es que Sharon se encuentra en una posición de fuerza. Es interesante
en ese sentido señalar que nunca se había planteado tan abiertamente
en el debate político y de las relaciones internacionales
la cuestión de si es realmente Estados Unidos quien influye o controla
a Israel o si es al contrario.
Los objetivos de Sharon son bastante obvios y lo cierto es que va avanzando
en su consecución. En tanto que se focaliza la atención en la
responsabilidad o no de Arafat en el terrorismo, la ausencia de espíritu
democrático de Arafat, dónde irán los 13 deportados, mientras
se ponen miles de impedimentos para que la negociación política
arranque... Israel va consiguiendo, de manera directa, la eliminación
física del liderazgo palestino y, de manera indirecta, su
desunión y enfrentamiento. De forma soterrada, va consiguiendo destruir
la sociedad palestina: provocando la diáspora de aquellos más
preparados profesional y económicamente, y arruinando la vida socioeconómica
de los palestinos más desprotegidos. De hecho, las duras
y permanentes restricciones que impone Israel a la libertad de movimientos
de personas y bienes entre las localidades palestinas de Gaza
y Cisjordania y entre éstas e Israel, están teniendo un efecto
aún
más devastador en la vida diaria de los palestinos que incluso la
reciente incursión militar. Es una búsqueda determinada a conseguir
la claudicación y la aceptación de una simple autonomía,
que
libere a Israel del Gobierno y gestión socio-económica de los
palestinos,
pero le permita controlar sus fronteras, la mayor parte de
su territorio y, lo que es fundamental, las fuentes del agua.
Así pues, democracia, sí, pero democracia real y para todos en
Medio Oriente.
La fuente: la autora es profesora de Sociología
del Mundo Árabe e Islámico
de la Universidad Autónoma de Madrid. Este artículo ha sido publicado
previamente por el diario español El País (www.elpais.es)
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