Publicado: 09-07-2002
El mito
de "todo el mundo en contra de nosotros"
Cuanto
menos convencida está una sociedad de su corrección ética,
menos segura se halla acerca de los objetivos de una guerra a la que se ha visto
obligada por sus gobernantes, y más propaganda, presiones y amenazas
necesita. Una sociedad en guerra tiene tendencia a intentar desembarazarse de
cualquier acusación que se le haga a causa de la guerra en la que se
halla comprometida. Sin embargo, ningún otro Estado se ha atrevido hasta
ahora a exigir inmunidad total para sí como el Estado de Israel.
Por
Ze'ev Sternhell
La
historia existe sólo al servicio de necesidades inmediatas: actualmente,
la filosofía de los colonos judíos en los territorios, que de
hecho guía la política del Gobierno israelí, exige que
el sionismo sea visto, no como una solución al "problema judío"
(desde los pogromos, la opresión económica y el antisemitismo
en todas sus formas hasta el genocidio), sino como el cumplimiento de una promesa
divina. De ahí brota la conclusión que afirma nuestro derecho
a toda la tierra de Israel, mientras que las líneas de 1948 son percibidas
como un episodio transitorio en una lucha que aún prosigue y que no acabará
hasta que el último árabe que rechace reconocer la supremacía
judía sea expulsado de esta tierra.
Éste
es el verdadero significado del término "guerra por la patria",
que ahora sirve de fundamento a la prosaica conformidad que aquí se denomina
"unidad nacional". La sociedad israelí vive de esta gran mentira,
un lavado de cerebro diario realizado por los políticos de la derecha,
incluyendo la mayor parte del partido laborista y demasiados medios de comunicación
e intelectuales. Incluso quienes permanecen callados ante lo que está
sucediendo y no expresan claramente su protesta otorgan, en realidad, su tácita
aprobación.
No
hay nada de particular en ello: cuanto menos convencida está una sociedad
de su corrección ética, menos segura se halla acerca de los objetivos
de una guerra a la que se ha visto obligada por sus gobernantes, y más
propaganda, presiones y amenazas necesita. Una sociedad en guerra tiene tendencia
a intentar desembarazarse de cualquier acusación que se le haga a causa
de la guerra en la que se halla comprometida. Sin embargo, ningún otro
Estado se ha atrevido hasta ahora a exigir inmunidad total para sí como
el Estado de Israel. De hecho, desde el inicio, la mayoría de los miembros
de los estamentos superiores de la política israelí han extraído
una conclusión principal del holocausto: no se han tornado más
interesados acerca de la dignidad de la vida, los derechos humanos y las normas
universales de justicia, sino que han aprendido que a una nación que
ha experimentado una destrucción como la nuestra se le autoriza todo,
de modo que nadie está autorizado a cuestionar sus acciones. Cualquiera
que se atreva a considerar que los modelos de actuación del Gobierno
israelí son propios de una conducta deshonrosa, si no criminal, será
automáticamente definido como antisemita.
De
hecho, una sociedad sometida a presiones no se mirará al espejo con los
ojos abiertos, sino que culpará a los demás de todos sus problemas.
Es más fácil acusar a los críticos de Israel de antisemitismo
que preguntarnos a nosotros mismos cuál sería la respuesta de
una persona sensata que día y noche contempla los tanques de uno de los
ejércitos más poderosos del mundo circulando por las calles de
ciudades dolientes y campamentos destruidos de refugiados.
Al
desafiar a una opinión pública hoy más sensible a los derechos
humanos, el empleo tajante del antisemitismo se volverá contra sus utilizadores.
El mundo está cambiando, y no siempre a nuestro favor: no es aconsejable
posponer hasta mañana lo que se puede hacer hoy. El nacionalismo colonizador
israelí, como cualquier nacionalismo extremista, necesita un enemigo.
La presencia de tal enemigo equivale a un factor imprescindible desde el punto
de vista metodológico. La fórmula "todo el mundo está
en contra de nosotros" cumple esa función: es un mito en el cual
hay un sólido factor de fraude consciente, pero que permite el alivio
de las conciencias y el entierro de las cabezas en la arena cuando la realidad
se hace insoportable.
La
fuente: el autor es profesor de Ciencia Política en la Universidad Hebrea
de Jerusalén. La traducción pertenece a José María
Puig de la Bellacasa, para La Vanguardia, de Cataluña (www.lavanguardia.es)
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