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2003 - Muere Foday Sankoh, político sierraleonés.
Publicado: 09-07-2002

El mito de "todo el mundo en contra de nosotros"

Cuanto menos convencida está una sociedad de su corrección ética, menos segura se halla acerca de los objetivos de una guerra a la que se ha visto obligada por sus gobernantes, y más propaganda, presiones y amenazas necesita. Una sociedad en guerra tiene tendencia a intentar desembarazarse de cualquier acusación que se le haga a causa de la guerra en la que se halla comprometida. Sin embargo, ningún otro Estado se ha atrevido hasta ahora a exigir inmunidad total para sí como el Estado de Israel.

Por Ze'ev Sternhell

La historia existe sólo al servicio de necesidades inmediatas: actualmente, la filosofía de los colonos judíos en los territorios, que de hecho guía la política del Gobierno israelí, exige que el sionismo sea visto, no como una solución al "problema judío" (desde los pogromos, la opresión económica y el antisemitismo en todas sus formas hasta el genocidio), sino como el cumplimiento de una promesa divina. De ahí brota la conclusión que afirma nuestro derecho a toda la tierra de Israel, mientras que las líneas de 1948 son percibidas como un episodio transitorio en una lucha que aún prosigue y que no acabará hasta que el último árabe que rechace reconocer la supremacía judía sea expulsado de esta tierra.

Éste es el verdadero significado del término "guerra por la patria", que ahora sirve de fundamento a la prosaica conformidad que aquí se denomina "unidad nacional". La sociedad israelí vive de esta gran mentira, un lavado de cerebro diario realizado por los políticos de la derecha, incluyendo la mayor parte del partido laborista y demasiados medios de comunicación e intelectuales. Incluso quienes permanecen callados ante lo que está sucediendo y no expresan claramente su protesta otorgan, en realidad, su tácita aprobación.

No hay nada de particular en ello: cuanto menos convencida está una sociedad de su corrección ética, menos segura se halla acerca de los objetivos de una guerra a la que se ha visto obligada por sus gobernantes, y más propaganda, presiones y amenazas necesita. Una sociedad en guerra tiene tendencia a intentar desembarazarse de cualquier acusación que se le haga a causa de la guerra en la que se halla comprometida. Sin embargo, ningún otro Estado se ha atrevido hasta ahora a exigir inmunidad total para sí como el Estado de Israel. De hecho, desde el inicio, la mayoría de los miembros de los estamentos superiores de la política israelí han extraído una conclusión principal del holocausto: no se han tornado más interesados acerca de la dignidad de la vida, los derechos humanos y las normas universales de justicia, sino que han aprendido que a una nación que ha experimentado una destrucción como la nuestra se le autoriza todo, de modo que nadie está autorizado a cuestionar sus acciones. Cualquiera que se atreva a considerar que los modelos de actuación del Gobierno israelí son propios de una conducta deshonrosa, si no criminal, será automáticamente definido como antisemita.

De hecho, una sociedad sometida a presiones no se mirará al espejo con los ojos abiertos, sino que culpará a los demás de todos sus problemas. Es más fácil acusar a los críticos de Israel de antisemitismo que preguntarnos a nosotros mismos cuál sería la respuesta de una persona sensata que día y noche contempla los tanques de uno de los ejércitos más poderosos del mundo circulando por las calles de ciudades dolientes y campamentos destruidos de refugiados.

Al desafiar a una opinión pública hoy más sensible a los derechos humanos, el empleo tajante del antisemitismo se volverá contra sus utilizadores. El mundo está cambiando, y no siempre a nuestro favor: no es aconsejable posponer hasta mañana lo que se puede hacer hoy. El nacionalismo colonizador israelí, como cualquier nacionalismo extremista, necesita un enemigo. La presencia de tal enemigo equivale a un factor imprescindible desde el punto de vista metodológico. La fórmula "todo el mundo está en contra de nosotros" cumple esa función: es un mito en el cual hay un sólido factor de fraude consciente, pero que permite el alivio de las conciencias y el entierro de las cabezas en la arena cuando la realidad se hace insoportable.

La fuente: el autor es profesor de Ciencia Política en la Universidad Hebrea de Jerusalén. La traducción pertenece a José María Puig de la Bellacasa, para La Vanguardia, de Cataluña (www.lavanguardia.es)

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