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Publicado: 30-09-2002

El asesinato de Arafat

Todos los que conocen a Sharon saben que nunca renuncia a su objetivo. Cuando no lo logra al primer intento, trata una y otra vez, y otra más. No claudica nunca, jamás. Ahora Sharon cree que puede lograr su objetivo: el asesinato de Arafat. Sólo necesita la aprobación de Bush. No necesariamente una confirmación formal. Bastará con una sutil insinuación. Media palabra. Un guiño. Escribe Ury Avnery, escritor y pacifista israelí.

Por Uri Avnery

Arafat, en sus sitiadas oficinas.

Mientras estoy escribiendo esto, Yasser Arafat todavía está vivo. Pero su vida pende de un hilo. Cuando lo visité por última vez en su bombardeado complejo Mukata'ah, en Ramallah, le advertí que Sharon estaba decidido a matarlo.

Todos los que conocen a Sharon saben que nunca renuncia a su objetivo. Cuando no lo logra al primer intento, trata una y otra vez, y otra más. No claudica nunca, jamás.

En el sitiado Beirut, en plena guerra del Líbano, Sharon trató de apoderarse de él. Docenas de agentes, sobre todo miembros de la Falange, registraron los sectores occidentales para capturarlo. Los eludió, como ha eludido docenas de intentos de asesinato antes y después, por Abu-Nidal (que por lo menos en parte fue un mercenario del Mossad) y otros.

Ahora Sharon cree que puede lograr su objetivo. Sólo necesita la aprobación de Bush. No necesariamente una confirmación formal. Bastará con una sutil insinuación. Media palabra. Un guiño.

Será fácil implementar la decisión. Se puede provocar un incidente: los soldados entran en la oficina a capturar a personas "buscadas", alguien abre fuego y Arafat resulta muerto "por accidente". Arafat puede sacar su pistola, en cuyo caso los soldados "no tendrán otra alternativa" que devolver el fuego. O una granada puede caer en su oficina "por error" y dejar a Arafat sepultado en los escombros. Después de todo, ocurren accidentes en una guerra. Un montón de accidentes.

Sharon nunca quiso "deportar" a Arafat a Gaza ni a ningún otro sitio en el mundo. Quiere deportarlo al otro mundo. Ahora es posible.

Por ello, es necesario expresarse sin rodeos ni equívocos:

Moralmente, el asesinato de Arafat, el líder histórico y presidente elegido del pueblo palestino, es reprochable. Como el asesinato de Rabin.

Legalmente, el asesinato de Arafat es un crimen de guerra.

Políticamente, podríamos decir sobre el asesinato de Arafat lo que un estadista francés dijo sobre otro asesinato político: "¡Es peor que un crimen, es un error!"

Arafat es el hombre que decidió, hace 28 años, iniciar el camino de un arreglo con Israel, para realizar de esa manera las aspiraciones nacionales del pueblo palestino. En esa época, fue una decisión increíblemente audaz, y la tomó mucho antes de que Rabin y Peres siquiera soñaran con Oslo. Lo sé, porque fui un testigo presencial del comienzo del proceso.

Desde entonces, Arafat no ha cambiado ni un ápice la decisión que tomó en ese momento: buscar la reconciliación con Israel dentro de un marco de paz que incluiría un estado palestino independiente, el retorno a la frontera anterior a 1967 con ajustes fijados de mutuo acuerdo, con Jerusalén como capital de ambos estados, el retiro de los colonos, arreglos de seguridad adecuados, una solución mutuamente acordada del problema de los refugiados.

Sobre esta base, la paz es posible, incluso ahora. De inmediato. Pero Sharon la rechaza con sus dos puños. Quiere un Gran Israel, la extensión de los asentamientos, y, eventualmente, la eliminación de la presencia palestina al Oeste del Jordán.

La afirmación de Ehud Barak de que Arafat ha rechazado su propio plan de paz es una mentira descarada, que ha causado un desastre histórico. Las "generosas ofertas" de Barak estaban lejos de una solución razonable.

Ahora, como antes, Arafat es la única persona capaz de firmar un acuerdo de paz y convencer a su pueblo de que lo acepte y lo implemente. No se ve actualmente a ningún otro líder palestino que sea capaz de hacerlo. La dirección del pueblo palestino no pasará a manos de los "moderados", que serán considerados como colaboradores y cómplices en el asesinato, sino a manos de los extremistas, fanáticos, sedientos de venganza.

El asesinato de Arafat representa el asesinato de todas las perspectivas de paz.

Es un crimen contra el pueblo israelí. Nos condenará a la guerra durante décadas, tal vez generaciones futuras, tal vez para siempre. El derrumbe moral, social y económico que sufrimos ahora en Israel llevará a Israel a caer más bajo todavía y a que muchos emigren.

Un Arafat muerto se convertirá en una leyenda de heroísmo para su pueblo y en un nuevo Che Guevara para el mundo. Sus errores serán olvidados. Generaciones futuras de palestinos lo considerarán como un modelo a seguir. Cientos de millones de árabes y musulmanes, de Marruecos a Indonesia, compararán a sus propios dirigentes con el difunto Arafat, y la comparación será fatal.

Ante los ojos de esos cientos de millones, Israel y los judíos se convertirán en un sinónimo de traición, asesinato y mentira. La planta venenosa del antisemitismo florecerá como nunca antes. Ya estamos testimoniando una pequeña muestra.

Si este desastre ocurre, todo el gobierno compartirá la culpa. Ningún ministro será absuelto. Ni Ben-Eliezer, ni Peres, ni ninguno de sus colegas. Ni los oficiales del ejército que han cooperado y que incluso han presionado a la dirección política. Ni los miembros del Knesset (el Parlamento unicameral israelí, de 120 miembros), pertenezcan a la coalición o a la oposición, que estuvo silenciosa en los últimos meses. Ni los corresponsales y comentaristas, que se convirtieron en voceros del gobierno y del ejército. Ni los profesores e intelectuales, que vieron y guardaron silencio. Todos comparten la responsabilidad.

Es el último instante para ponerse de pie y gritar: ¡No!

La fuente: El autor es un escritor y periodista israelí que ha sido dos veces diputado nacional y fundador y presidente de la organización pacifista Gush Shalom (www.gush-shalom.org), toda una institución en Israel. Tiene 78 años.

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