Publicado: 01-01-2001
Africanos
en Buenos Aires: los otros desaparecidos
Aunque
la Argentina blanca ha tenido éxito en ocultar su pasado
de inmigrantes africanos, las huellas regresan cada tanto desde
el fondo de la Historia, como una triste victoria tardía.
En 1810 los negros constituian la tercera parte de la población
de Buenos Aires, pero en apenas cincuenta años casi habían
desaparecido. El fin de la esclavitud sólo sirvió
para exterminarlos.
Por
Roberto Morini
La
"Argentina blanca" vuelta una nación moderna por el cruce del criollo
con inmigrantes europeos ¿buscó ocultar su pasado africano, las
huellas del negro en su sangre, la marca del esclavo? La
respuesta no es totalmente segura, aunque si ese propósito ocurrió
casi tuvo un éxito completo.
Pero las huellas reaparecen, titánicas, y afloran desde lo antiguo.
Recientemente, un arqueólogo urbano que trabaja con los restos del
subsuelo de Buenos Aires, Daniel Schavelzon, ha desenterrado ollas,
pipas, piedras rituales, objetos de hueso, utilizados por africanos
en la época colonial. La
"Argentina negra" aflora, regresa cada tanto del fondo de la Historia
y se muestra, como triste victoria tardía.
Los negros eran el 33 por ciento de las 44.000 personas que habitaban
Buenos Aires en 1810, pero hacia 1887 ya eran sólo el 2 por ciento
de la población.
Durante
la mayor parte del siglo veinte, los ahora llamados afroargentinos
parecieron haber desaparecido, hasta que en años recientes un nuevo
flujo migratorio, este vez voluntario, hizo acrecentar de nuevo
su presencia.
El comercio esclavista
Ya
a partir de 1660, provenientes sobre todo del puerto angoleño de
Loanda, pero también desde Guinea, Senegal, Cabo Verde, Nigeria
y Togo, y en su mayoría pertenecientes a pueblos de origen bantú,
centenares de esclavos fueron desembarcados en el puerto de Buenos
Aires, lugar de confinamiento, subasta y distribución. En este sentido,
si bien el porcentaje de negros llegados a estas costas iba a ser
menor que en otros puntos de América, la ciudad alcanzaría tales
niveles como plaza reexportadora de esclavos hacia Potosí, hacia
Chile y al interior argentino, que prominentes comerciantes locales
se enriquecieron con este tráfico.
El Cabildo de la ciudad, un céntrico edificio de clara arquitectura
colonial que, por haber sido el asiento geográfico de la Revolución
de Mayo, hoy es uno de nuestros símbolos históricos y patrióticos,
era entonces el sitio de las almonedas públicas, donde mujeres y
hombres casi desnudos, adultos y niños traídos violentamente desde
Africa con marcas de hierro candente en sus cuerpos, expuestos aquí
a enfermedades y bajas temperaturas desconocidas para ellos, se
convertían en piezas de la oferta y la demanda de los concurrentes.
¿Los posibles compradores? Familias pudientes, órdenes religiosas
y negociantes que enviaban su mercadería a las minas de Potosí,
en la actual Bolivia. Buenos Aires no era entonces más que un pueblo
de 400 casas de barro y paja, pero rápidamente se convirtió, junto
con la vecina Montevideo, en uno de los dos grandes centros distribuidores
de la trata rioplatense.
Se
lee en un documento de un comprador de la época: "(...) los dichos
esclavos para que los pueda sacar, trajinar y vender libremente
por esta provincia (Buenos Aires), la del Tucamán y la del Paraguay".
Otros destinos fueron la provincia de Córdoba, la de Mendoza y la
de Catamarca.
En
zonas rurales, las tareas en las haciendas coloniales propiedad
de laicos, jesuitas y otras órdenes, estaban a cargo de mano de
obra esclava, negra o mulata. La Compañía de Jesús, el Estado
español por medio del Cabildo, las familias principales, los grandes
comerciantes e incluso las capas medias de la población, fueron,
si se los considera en conjunto, dueños de miles de africanos a
su servicio.
Hacia mediados del siglo diecinueve comienza la desaparición o disminución
del africano en Buenos Aires, por diversas causas no enigmáticas,
sino, de acuerdo con la investigación histórica, razonadamente comprobables.
Empieza a producirse un encadenamiento de factores, como la prohibición
de la trata de esclavos en 1812, y el punto final definitivo a ese
comercio en 1840, hechos que originan una reducción en el ingreso
de africanos. Otro
factor es la muy elevada tasa de mortalidad negra, en especial la
infantil.
La vida de los africanos que sobrevivieron en el Buenos Aires antiguo
conocía también de castigos. Uno característico, luego de alguna
falta o por disconformidad del amo, era el de ser azotado junto
a los muros del Cabildo, a modo de lección pública. Los trabajos
o oficios más comunes para ellos eran: escobero, aguatero, pastelero,
lavandera, jornalero, vendedor, músico, amas de leche para niños
blancos.
De
1776 a 1810 un tercio de los esclavos de Buenos Aires consiguió
comprar su libertad, procedimiento conocido como manumisión, para
lo cual el individuo africano debía esforzarse por reunir, muchas
veces con ayuda de su familia, del barrio o de una cofradía, los
cuatrocientos pesos en que estaba tasado.
Tres
tipos básicos de agrupaciones de africanos comenzaron a constituirse
en aquel Buenos Aires ya en tiempos del Virreinato: las cofradías,
las naciones y las sociedades. El control de estas agrupaciones
fue ejercido primero por la Iglesia y posteriormente por la policía.
Su expresión principal eran los bailes públicos, con cuya recaudación
solventaban los gastos de misas, funerales y ayuda a los enfermos.
El
sostenimiento de la tradición en los afroporteños consitituyó un
espectro amplio, profundo en su aspiración de salvaguarda, hecho
de costumbres y rituales públicos y privados; por ejemplo, mediante
el canto y la música. De forma intermitente dichos bailes públicos
pasarían por épocas de prohibición y libertad. Vinculado con fuerza
al ritual celebratorio, pero también al religioso e incluso al funerario,
el candomble fue, no obstante, tachado algunas veces de danza lujuriosa,
salvaje y con potencial subversivo. De esa natural heterodoxia se
deriva una hipótesis sugerente: la fiesta colectiva negra llamada
candombe, desarrollada sólo por los afroporteños, con el tiempo
parece haber dado lugar a otros ritmos, bailes clandestinos y de
suburbio en donde se introducen también los blancos pobres. Caracterizada
como "una burda pero exitosa imitación por los compadritos blancos
de los bailes negros, surge entonces la milonga. A su vez, la milonga
se convertirá en una especie de etapa musicológica preliminar para
el surgimiento del tango.
Habrá que esperar bastante, hasta los postreros años del siglo veinte,
para observar una tibia recuperación de la visibilidad del africano
en Buenos Aires, ahora una ciudad de imposible comparación con aquella
aldea colonial.
A partir de finales de la década de los ochenta, una marcada afluencia
de inmigrantes del Africa Occidental, esta vez por voluntad propia,
comienza a arribar a Buenos Aires. Este nuevo flujo migratorio se
caracteriza porque su punta de lanza son los varones jóvenes.
La fuente: Artículo tomado de la revista del Centro
de Estudios Africanos, Barcelona (España)
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