Publicado: 05-07-2004
Níger: el río
de los negros
Guinea,
Malí, República de Níger, Benín y Nigeria... El
río de los ríos acaricia las tierras del África negra.
Un trazo irregular que muestra a su paso la profundidad cultural de sus pueblos.
Por Luis Pancorbo
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| Níger:
el río de los ríos. |
El
Níger es el río de los negros, eso se creyó al menos desde
la antigüedad, aunque más justicia le hace su nombre de Ghirnigheren,
una vieja voz de los nómadas sahelianos que significa río de ríos.
Después de todo el Níger fluye a lo largo de 4.200 kilómetros.
Pero el Níger es también río de ríos por otras cuestiones
y aureolas, empezando por la imponente historia de sus riberas. Imperios enteros
subsaharianos se desarrollaron junto a las aguas del Níger. La misma
Tombuctú, ciudad que se apareja al Sáhara como la uña a
la carne, no es sino una criatura del Níger del que queda a sólo
una veintena de kilómetros. Luego están los pueblos ribereños
del Níger, las tribus y las costumbres que eso genera en nada menos que
cinco países subsaharianos. Sin olvidar que el Níger sirve de
espejo, y abrevadero, a una fauna singular: desde los dromedarios hasta los
caballos de agua, más conocidos como hipopótamos.
En
el occidente de África no hay otro curso fluvial de esa importancia y
majestuosidad. Ni siquiera el río Senegal se puede comparar con el Níger.
Pero es que además el Níger riza su propio rizo. ¿Es un
río o dos? He ahí un misterio de mayor calado que el de sus fuentes,
que eso ya se resolvió en su día. El Níger nace en las
montañas de Fouta Djalon, en Guinea, a unos 280 kilómetros del
Océano Atlántico. Lo que pasa es que después el Níger
tiene un comportamiento hidrológico casi de Guadiana. Tras recorrer un
poco Guinea entra con pujanza en Mali, pero se deshace en el gran delta interior
que se forma junto a Mopti. Luego, al tocar los márgenes del Sáhara,
es como si el Níger entrara en extrañas alteraciones. En la era
cuaternaria el río Níger aún discurría más
arriba que hoy, en pleno Sáhara, donde formaba la cubeta de Araouane.
Con los milenios, las arenas desérticas empezaron a crecer y una de sus
victorias consistió en hacer replegar al Níger y hacerlo confluir
-y confundir- con el Tilemsi, río que bajaba desde el Adrar des Iforas,
un lugar que en nuestros días es uno de los más resecos corazones
saharianos. De esa azacanada historia hidrográfica, llena de corrimientos
y desapariciones, todavía dan testimonio un curso zigzagueante y dos
deltas, uno situado en medio de Malí y otro en Nigeria. En este último
país se produce lo único cierto del Níger, su despedida.
Brass,
uno de los islotes del delta nigeriano, es una especie de barquita de papel
en medio de una apoteosis de agua dulce que pugna en vano contra el Atlántico.
Es el canto del cisne del gran río tras un derroche de vida y leguas
lamiendo mesetas y arenales, inundando una y otra vez los arrozales. Y pocos
ríos, desde luego, pueden presumir de cuello como el Níger. Entre
Niafounké y Gao el río forma una inmensa joroba de camello, así
le dicen, que aún representa el punto más exótico de paisajes
y gentes de todo el recorrido fluvial.
Historias
Muchas
son las maneras de disfrutar en el río Níger, aunque siempre conviene
ir con ojo. El joven explorador inglés Christian Velten pretendía
hacer un documental sobre el río al hilo del mapa de Mungo Park. Christian
desapareció en Malí en febrero de 2003 y no se sabe nada de él.
Dos veteranos detectives de Sussex (Reino Unido) acaban de ser enviados en busca
del joven. ¿Lo mataron para robarle, se ahogó, se ha perdido en
el desierto...? Otra vez resuenan las historias fatídicas de Mungo Park,
Laing y otros pioneros que murieron en el empeño de conocer los mejores
secretos malianos.
El
Níger pasa por Guinea, Malí, República de Níger,
Benín y Nigeria, y eso supone un mundo de pueblos y culturas distintas.
Ciñéndonos a Malí, donde el Níger casi siempre es
navegable (al menos desde Koulikoro, el puerto a 57 kilómetros al norte
de la capital, Bamako), el río da pábulo a muchas historias y
pie para intensos viajes. A lo largo del río se pueden ir conociendo
gentes y territorios ubicados en los viejos reinos sahelianos, Ségou,
Kaarta, Songhaï... Los mandingas, con sus dos grandes divisiones étnicas,
malinké y bambara, constituyen la columna vertebral de Malí. Luego
hay pueblos de origen sudanés (en torno del 20 por ciento de la población),
como los sarakolé, songhaï, dogon, bozo... Todo eso se traduce en
ríos de costumbres distintas, en 15 lenguas muy diferenciadas, en paisajes
no tan monótonos como se podría pensar por la abundancia de caña
fístula y de arrozales en las riberas.
Un
crucero por el Níger, por grande o pequeño que sea, permite captar
la alternancia de ambientes del África Occidental. Por un lado, la planicie
herbosa, desconsideramente ancha y aplastada contra un cielo lechoso. Por otro
lado, todas las variantes de la sequedad hasta llegar a su apoteosis sahariana
en Tombuctú y Gao. Ése ya es el mundo de los turbantes, de los
moros, los tuaregs, gentes seminómadas que llevan puñal, si no
espada, al cinto. Las armas reclaman una ascendencia española que se
remonta al siglo XV, cuando la expulsión de los moriscos. Tras pasar
por Marraquech algunos llegaron a Tombuctú y otros se aposentaron en
Gao. Ismael Didié, oscuro de piel como cualquier otro maliano, mantiene
lo español a su manera. Es el custodio de una valiosa biblioteca en Tombuctú,
con más de 3.000 manuscritos que tratan temas de Al Andalus y que están
escritos en aljamiado.
El
aljamiado, español escrito en caracteres árabes, merece atención
retrospectiva. Propició el recuerdo de nuestro idioma en medio del desierto.
Algunos andalusíes recriados en el Sáhara lanzaban esos mensajes
aljamiados, como si fuesen botellas abandonadas en un mar de arena, el que rodea
Tombuctú.
Todavía
en el siglo XIX Tombuctú era la ciudad que más apetecía
encontrar a los europeos, pero para eso había que embarcarse y había
que bajar por el Níger. El comandante francés Raffenel en su magnífico
Pays des Nègres (1856) escribe: «Los ríos son los caminos
naturales de África, las arterias de ese gran cuerpo y su función
es llevar la vida». La diferencia entre los ríos africanos y las
arterias del cuerpo humano es acaso, para Raffenel, que los primeros no llevan
la vida, o la sangre, del corazón a las extremidades, sino al contrario.
Aparte, lo que dio desde la antigüedad grandes quebraderos de cabeza a
geógrafos y exploradores fue saber si el Níger discurría
hacia el Este o hacia el Oeste.
Por
el río
El
Níger, antes de desplegar su gran caudal en Malí, es también
conocido como Djoliba, o Ghiolibâ, como decían los franceses que
pretendían apropiárselo. Djoliba es otra manera de decir río.
Un río que se llama río es todos los ríos. Y a eso hay
que sumar la importancia estratégica del Níger, que fue tanta
o mayor que la del Nilo. La cuestión era conocer a fondo de qué
iba el Níger. En 1791 se creía que no era algo distinto del río
Senegal o el río Gambia.
Mungo
Park, el pionero inglés en esta parte de África, pagó con
su vida el intento de adueñarse del gran río y su secreto. Mungo
Park murió en Boussa, a sólo 130 leguas del delta final. Su expedición
demostró que el Níger era navegable -y por más de 1.700
kilómetros en Malí- hasta los rápidos de Boussa. Ese tramo
situado en lo que hoy es Nigeria, el que va de Boussa a la desembocadura, fue
navegado con éxito por los ingleses Laird y Olfied. Con lo mismo Gran
Bretaña pensó añadir el entero Níger a su repertorio
colonial, pero los franceses estuvieron listos y acabaron llevándose
la mayor parte del agua del Níger a su molino.
«Dueños
del Níger seríamos dueños de África...», decían
agentes coloniales con mucho callo y ambición, como el comandante galo
Raffenel. Hierro, oro, cera, aceite, pieles, colorantes..., todo eso se sacaría
fácilmente y en abundancia usando el Níger. Lo que ocurrió
fue que al final los ingleses se quedaron con el último delta, o dicho
de otro modo, controlaron Nigeria, uno de los mayores países africanos
y uno de los que tienen mayores yacimientos de petróleo. Ironías
de la historia colonial.
Con
todo, en las riberas del Níger revolotea una historia africana, una cultura
fuera de la lógica y de la dominación de los blancos. Los bambaras
toman aspirinas si les duele la cabeza, pero también hacen un agujero
en la tierra, echan ascuas, cenizas y agua hirviendo, y aplican ahí su
vientre desnudo. Otras veces las enfermedades son más temibles. Con el
gusano de Guinea, también conocido como gusano de Medina (filaria medinensis),
ha pasado como con la sifílis que se peloteó con insidia entre
los países como morbo gálico, inglés, español...
El gusano, o filaria, viene por la mala calidad del agua, decían antes
en Kaarta. En cualquier caso es un peligro a lo largo del Níger y el
remedio no es aguardar a que el gusano empiece en el pie y salga por la nariz.
Para
combatirlo, en algunos pueblos todavía ponen a los enfermos guirnaldas
y coronas con hojas de un arbusto medicinal (kougnié). Antaño
era el único remedio. Después de ese rito silvano se machacaban
las hojas y el polvo se bebía diluido en agua. En principio no era algo
peor que la enfermedad. Si los fetiches querían, se sanaba.
En
el 2003 sólo en Malí hubo 93 casos de cólera. Sin embargo,
y siempre con las lógicas precauciones, quedan pocos viajes tan perdurables
en la memoria como los que ofrece el gran río de los negros. No disponiendo
de mucho tiempo la opción que no suele defraudar es ir en barco desde
Mopti hasta Djenné, la Meca de barro para los islámicos de Malí.
En esa región es donde el Níger y el Bani se salen de madre (menos
desde que han hecho la presa de Talo, en 2003) y forman archipiélagos
repletos de islotes o toguérés. Ha habido años en que la
propia Djenné se ha convertido en una isla.
Navegar
por el Níger con sequías tan contumaces como las que hubo en los
años 80 roza el sufrimiento. En años de lluvias abundantes y una
buena crecida, un crucero por el Níger al país Massina, entre
Djenné y Mopti, revela el gran estallido de la vida que oculta el Sahel.
Los arrozales están a reventar, las vacas casi no pueden moverse de comer
tanto pasto fresco y los peces capitanes, blancos y sabrosos como merluzas de
agua dulce, no oponen mucha resistencia a los anzuelos. Aún menos a las
sartenes, donde acaban dignamente sus días rebozados a la romana.
La
fuente: Diario El Mundo
(Madrid).
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