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Sociedad
La novia
tiene siete años
La
historia de Tihun, una niña etíope de siete años obligada
a casarse, tal como dictan antiguas costumbres africanas, ilustra sobre un fenómeno
social que rara vez llama la atención internacional. El precio más
brutal del matrimonio infantil es médico: los embarazos prematuros son
la principal causa de muerte entre las niñas de 15 a 19 años en
el mundo en desarrollo. Además, arranca a millones de niñas de
la escuela, condenándoplas a una vida de ignorancia y terrible pobreza
de la que rara vez escapan, y que soportan con muda desesperación.
Por
Paul Salopek
Tihun
Nebiyu, la pastora de cabras, no se quiere casar. Es inflexible sobre el tema.
Pero en su aldea nadie hace caso de las opiniones de niñas testarudas.
Es
por eso que está arrodillada a la sombra de su espino favorito, dejando
caer escarabajos sobre su ropa. Escarabajos mágicos. "Cuando te
muerden aquí", explica Tihun, seriamente, aplastando los movedizos
insectos contra su pecho a través del tejido de su andrajoso guardapolvo,
"te crecen los senos".
Esta
es la propia y esperanzada versión de brujería de Tihun -el medio
desesperado de una niña para transformarse en adulta. Quizás entonces,
quizás, su familia respete sus deseos de no casarse. Así podría
rechazar al hombre desconocido que su papá le ha escogido como marido.
Y no tendrá que hacerse cargo de sus estúpidos bebés.
Tihun
se arrodilla en el polvo, con los ojos cerrados: una hada, cuya sonrisa se hace
tontamente atractiva por la falta de los dientes incisivos. Se coloca las manos
sobre los pezones. Está esperando que empiece el hechizo de los bichos.
Pasa un segundo. Pero nada ocurre. Finalmente comienza a reírse bobamente.
Los escarabajos se han escapado -arrastrándose por su cuello. "¡No
funciona!", dice Tihun, disgustada. Exhala un exagerado suspiro y entrecierra
los ojos para mirar las colinas de pasto amarillo que comprenden su mundo. "Tendré
que escapar".
Pero
esto no es más que fanfarronada infantil. Las cortas piernas de Tihun
no la llevarían demasiado lejos para evitar la muerte de su infancia.
Su matrimonio se celebrará en cinco días. Y tiene siete años.
Según
activistas de derechos humanos se calcula que hay unas 50 millones de niñas
como Tihun en todo el mundo: jóvenes adolescentes e incluso niñas
cuya inocencia es sacrificada en matrimonios convenidos, a menudo con hombres
más viejos. Obligadas por las familias y la cultura a iniciar vidas de
servidumbre y aislamiento, y atemorizadas por el trauma de embarazos a una edad
demasiado temprana, las niñas novias constituyen una inmensa y perdida
generación.
Mientras
las campañas humanitarias han llamado la atención internacional
sobre los niños con Sida, la mutilación genital femenina y el
trabajo infantil en África, una de las fuentes subyacentes de todos esos
males sigue siendo en gran parte desconocida. El matrimonio infantil, una práctica
antigua y enraizada largo tiempo, oculta en las sombras, fue denunciado por
Naciones Unidas como una violación seria de los derechos humanos sólo
en 2001.
"Es
un problema importante, difícil y complicado", concede Abebe Kebede,
un importante asistente social etíope. "No se le prestado atención
en gran parte porque el matrimonio es visto positivamente en todas las culturas",
dice Kebede. "¿Quién quiere terminar con eso? Y no se piensa
que las consecuencias que tiene para los niños, y para países
enteros, son bastante desastrosas".
El
precio más brutal de todos es médico: los embarazos prematuros
son la principal causa de muerte entre las niñas de 15 a 19 años
en el mundo en desarrollo, según Naciones Unidas. Y grupos de ayuda médica
creen que al menos 2 millones de mujeres en todo el mundo viven actualmente
con espantosas rupturas vaginales y anales, llamadas fístulas, que son
el resultado de tener hijos a muy temprana edad. Las fístulas, si no
se tratan, pueden ser mortales, y las sobrevivientes quedan habitualmente incontinentes
para toda la vida.
Pero
los matrimonios infantiles arruinan la vida también de otras maneras.
A menudo tratadas como siervas de la gleba, las jóvenes novias son golpeadas
por sus adultos maridos y parientes políticos. Y miles de niñas
terminan atrapadas en el tráfico sexual, a través de bandas organizadas
para el tráfico de niñas novias en países como China, o,
en África, simplemente cayendo de matrimonios violentos en la prostitución
callejera, dicen asistentes sociales.
Sin
embargo, de lejos la injusticia de más graves consecuencias del matrimonio
infantil es probablemente más sutil: arranca a millones de niñas
de la escuela. Confinadas a las casas de sus maridos, y privadas de los beneficios
de la educación, legiones de niñas desmoralizadas en todo el mundo
están condenadas a llevar una vida de ignorancia y terrible pobreza de
la que rara vez escapan, y que soportan con muda desesperación.
"Lo
más angustiante sobre este tema", dice Micol Zarb, una vocera del
Fondo de Población de Naciones Unidas UNFPA, que supervisa la salud reproductiva
a nivel global. "Toda esa miseria y dolor ocurre en silencio. Son sólo
niñas. No hablan. Nunca oímos de ellas".
Según
el UNFPA, al menos 49 países en el mundo, casi un cuarto de todas las
naciones, enfrentan un importante problema con las niñas novias -esto
es, al menos el 15 por ciento de sus niñas se casan a edades menores
de 18 años, el umbral de la adultez más ampliamente reconocido.
No
es sorprendente que los epicentros del matrimonio infantil sea el África
subsahariana y Asia del Sur, donde los vínculos entre los clanes se afianzan
a través de matrimonios y donde existe preocupación por la virginidad
de la novia y el temor a contraer el Sida.
Etiopía
es uno de esos lugares. Su gobierno, bajo presión de organizaciones de
ayuda, ha comenzado a prohibir esos matrimonios prematuros. Sin embargo, es
difícil erradicar una tradición.
Entre
los amhara pobres de Etiopía -una cultura de granjeros y guerreros donde
un asombroso 82 por ciento de todas las novias son menores de edad- los tambores
y los bailes que animan las bodas de las niñas todavía se pueden
oír por la noche en las montañas. En estos días las bodas
suenan algo amortiguadas: Los novios y sus pequeñas y asombradas novias,
envueltas en telas blancas, simplemente hacen las bodas dentro de sus casas.
Esta
es la historia de apenas una niña novia, Tihun, una caprichosa pastora.
Nacida en el grupo étnico amhara, entona canciones absurdas en un velado
amhara en un remoto valle lleno de campos labrados y mirlos, alto en el escarpado
Cuerno de África. Y en el último verano de su infancia de su vida,
todavía creía en el poder liberador de la magia.
En
territorio amhara
El
mundo de Tihun es hermoso y cruel. Es el dorado mes de mayo. Con sus colinas
del color de la paja, pastores con túnicas y picos volcánicos
en forma de hojas que llegan a los 2.000 metros, el remoto territorio de 16
millones de amharas parece un paisaje sacado directamente de la fábula
de J.R.R. Tolkien, 'The Hobbit' -la etérea África de los sueños.`
Pero
las conversaciones con las tímidas niñas de la región revelan
un hecho desconcertante: casi todas las niñas a la vista -las que acarrean
leña y las que corren a través de los campos aterronados- están
comprometidas. La niña de 11 años que compra caramelos en el mercado
de la aldea es la esposa de alguien. Dos niñas jugando en la tierra una
elaborada versión de la rayuela pronto serán novias. Y una flacucha
colegiala de quinto que va de la escuela a casa es una divorciada. El divorcio,
aunque desaprobado, puede ocurrir cuando hay disputas familiares.
Según
las
Naciones Unidas y estadísticas etiopes, el territorio amhara tiene la
tasa de matrimonio infantil más alta del mundo; en algunos polvorientos
rincones de las antiguas mesetas, casi el 90 por ciento de las niñas
de la localidad se casan antes de los quince años.
Los
motivos detrás de esta asombrosa demografía son los mismos en
todas las culturas donde se admite el matrimonio infantil -sólo que en
el corazón de Etiopía ha sido llevado a sus extremos. La pobreza
local es terrible. Niños descalzos corren tras los coches que pasan para
mendigar basura -especialmente las botellas de agua desechables que arrojan
los cooperantes extranjeros, que son preferidas por sobre las pesadas jarras
de barro de los aldeanos.
En
las tierras altas, las lluvias son erráticas. El hambre ronda en los
fuegos de cocina. Y como las hijas rara vez heredan tierras fértiles,
mantenerlas en casa y alimentarlas es considerado una locura. Es mejor casarlas
rápidamente, dice la lógica de la supervivencia, para fortalecer
las alianzas familiares en tiempos de escasez.
Pero las exigencias amhara de virginidad de las novias pueden ser fanáticas.
Padres ansiosos comprometen a sus hijas en matrimonio años antes de que
alcancen la pubertad porque temen que el inicio de la menstruación sea
mal interpretado como el tabú del sexo premarital.
Y
la poderosa Iglesia Ortodoxa Etíope ha jugado durante largo tiempo un
papel en el matrimonio de conveniencia. Las enseñanzas de la iglesia
estimulan tradicionalmente el matrimonio antes de los quince años, declarando
que ésa era la edad de la Virgen María en el momento de la Inmaculada
Concepción de Cristo. "Pero ahora hemos comenzado a oponernos a
esa idea", dice Simia Kone Melak, un barbudo sacerdote en uno de los cientos
de monasterios amurallados que salpican el paisaje amhara. "El gobierno
nos ha dicho que el matrimonio infantil es algo malo. Así que estamos
diciendo a las familias que esperen".
Sin
embargo, los sacerdotes continúan bendiciendo los matrimonios precoces.
Y el nuevo mensaje choca contra siglos de la creencia de que mientras más
joven, mejor. "De verdad, si una niña llega a los 13, ya es demasiado
vieja como para casarse", declara Nebiyu Melese, de 54, granjero, el nervudo
padre de Tihun. "Sé que hay gente que dice que es poco civilizado.
Pero ellos no viven aquí. Así que¿cómo pueden juzgar?"
Aunque
Melese es rudo y obstinado, su esposa, de ojos tristes, Betenech Alem, de 45,
y sus siete hijos son amhara tradicionales en muchos sentidos. Cultivan mijo
y maíz, y duermen junto a sus cabras en una casa de adobe infestado de
garrapatas y pulgas.
Pero
tal como hay diferentes familias en los suburbios estadounidenses, también
hay diferencias en las aldeas africanas. Tihun nació en una familia brusca
y ruidosa -las riñas dentro del clan resuenan a través de los
campos 50 metros más allá. Un patriarca devoto y conservador,
Melese, desprecia la educación para sus hijas y no tolera la resistencia
ante el matrimonio prematuro. Para
ahorrar en los gastos de boda, ha arreglado astutamente que cuatro de sus hijos
se casen el mismo día. Tihun y su hermana mayor, Dinke, de 10, serán
acarreadas en caballos por desconocidos que son sus maridos. Y dos hijos adolescentes
llevarán a casa a novias de 10 años.
Para
Tihun, Melese se ha apuntado un punto menor: un diácono de la iglesia
ortodoxa. "Tiene un hermoso patio de limoneros", dice Melese, aprobatoriamente.
Nunca
se le pasó por la mente, a este severo viejo, consultar con su hija menor
estas decisiones. Como no sea para darle órdenes, nunca habla con ella
en absoluto.
No
es falta de sensibilidad. Es una forma de autopreservación emocional
en los más duros bordes del planeta -un lugar donde uno de cada cinco
niños muere antes de llegar a los 5 años.
Burlada
por la vida
Tihun
está de mal humor. Faltan tres días para la boda. Se sienta con
sus piernas en jarras debajo del espino, matando el tiempo con su amiguita de
6 años, Mulusaw. Son dos esqueléticas niñas en ropas harapientas.
Juegan una versión amhara de la taba -lanzando y cogiendo pequeños
guijarros. "Prefiero que me coma una hiena a casarme con esa persona",
se queja Tihun de su desconocido novio. "¡Nadie me hace caso!"
Hoy
ha renunciado a la magia como medio de salvación. A medida que se acerca
la ceremonia nupcial, se pone más taciturna. Susurra sombríamente
que estaría mejor muerta. Mulusaw asiente con simpatía. A ella
la casarán el próximo año. Pero para una niña de
6 años, eso es una eternidad.
Pronto
Tihun y Mulusaw están riendo -forcejeando en el polvo. Tihun se olvida
de su futuro. Se olvida de vigilar a las cabras. Los dientudos animales invaden
el terreno de patatas de la familia. Furiosos gritos emergen de la granja.
"Tihun es descuidada", dice Mintiwab, 22, la hermana mayor de Tihun,
que fue abandonada por su marido y vive en casa. "Siempre tiene problemas".
Y
es verdad. Tihun es una campesina incompetente. Se aburre fácilmente,
es una soñadora, la distraen las extrañas formas de las rocas
en los campos, los insectos que se mueven lentamente y las bandadas de cuervos
manchados que cruzan como semillas de pimientos el cielo iluminado por el sol.
Sus
merodeadores animales destruyen muchos de los plantones de patatas. Más
tarde, Mintiwab golpea a Tihun con un látigo. Moviendo sus brazos y pies
desnudos, la pequeña escapa chillando hacia los campos, con la cara contorsionada
más por la sorpresa que por el dolor -como si de algún modo la
vida se burlara nuevamente de ella.
Un
refugio exótico
Una
de las diversiones secretas de Tihun es mirar a los niños de la escuela
cuando vuelvan a casa desde la escuela. Da codazos a sus indóciles cabras
hasta llevarlas a la cima de una colina con vistas al camino construido por
los chinos donde pasan caminando penosamente pelotones de niños y niñas
con ropas remendadas. Tihun los mira boquiabierta, atónita. Mueve la
cabeza hacia los lados en su flacucho cuello. Parpadea en silencio. ¿Le
gustaría ir a la escuela? Por supuesto. ¿Por qué? No puede
decirlo. La escuela es algo misterioso. Exótico. Los alumnos son seres
de la elite. Tienen posesiones especiales -un deshilachado cuaderno del gobierno.
(Los niños comparten viejos trozos de lápices). Pero su papá
sólo ha consentido que asista a la escuela el hermano mayor. Y Tihun
debe remplazarlo como pastor.
En
Etiopía, la educación es obligatoria para ambos sexos hasta sexto
básico. Pero en el remoto valle de Tihun, muchas familias mantienen a
las niñas en casa durante los años escolares para que se ocupen
de labores en las granjas. Los padres también temen por la virginidad
de sus hijas en la escuela de barro y adobe a cinco kilómetros.
Activistas por los derechos de los niños de todo el mundo dicen que la
educación es la llave más importante para abrir la prisión
del matrimonio infantil.
Esencial
para aumentar el potencial ingreso de las niñas, y para ampliar sus horizontes,
el trabajo escolar también permite que su cuerpo tenga tiempo de madurar
antes de afrontar los rigores de un parto.
"Es
la principal razón por la que la práctica está descendiendo
donde está descendiendo", dice Kathleen Kurz, una analista de la
organización no gubernamental Centro Internacional para la Investigación
de la Mujer, de Washington. "Convencer a los padres de los beneficios de
la educación da resultados mucho mejores que solamente prohibir el matrimonio
infantil".
En
países como India, la enseñanza secundaria ha rebajado las tasas
de matrimonio infantil en casi dos tercios. Y en todo el mundo en desarrollo,
las niñas que terminan la escuela básica tienden a esperar cuatro
años más antes de casarse, y tienen en promedio menos hijos, muestra
un sondeo de Naciones Unidas.
En
las humeantes aldeas de la Etiopía rural -las comunidades con menos educación
del mundo-, las niñas que entran a las toscas salas de clase son novias
revolucionarias.
"Sólo
recuerdo mi matrimonio como un sueño", dice Zigiju Mola, 12, una
niña amhara de quinto básico, que fue casada a los 6 pero que,
testaruda, convenció a sus padres de que continuaran pagándole
la matrícula de la escuela.
"También
aliento a mi marido a que vaya a la escuela", dice Zigiju, una niña
precoz con bellos tatuajes en sus mejillas. "Quiere vigilarme todo el día
y no se quiere quedar atrás". Su marido, un tímido joven
de 18, se apretuja detrás de su pupitre de segundo básico en el
mismo piso de tierra de la escuela.
Cientos
de niñas en la escuela son novias. "Eso es exactamente por qué
los padres conservadores desconfían de la educación", dice
Banchalem Addis, una de un puñado de maestras en territorio amhara. "La
mayoría de los pupilos no quieren volver nunca más a las granjas
a trabajar como esclavos de sus suegros".
Los
escapados
A
240 kilómetros del valle de Tihun, en un vecindario de trabajadores de
Addis Abeba, la bullente capital etíope, una extraña y chirriante
estructura de metal se inclina sobre las casas: es un refugio de varios pisos
para los sin casa, hecho de contenedores marítimos apilados unos sobre
otros.
Levantado
por un proyecto humanitario local llamado Godanaw, el refugio proporciona cursos
de formación laboral y cuidados sanitarios a unas 1.200 niñas
de la calle -tres cuartos de ella han escapado de matrimonios prematuros en
el campo.
"No
quiero que me vuelva a tocar un hombre", dice Alem Siraj, de 19, una chica
de ojos vidriosos, que vagabundea en la desvencijada estructura con su bebé
de cinco meses, Nebiyu.
Siraj
abandonó su matrimonio convenido en las tierras altas cuando tenía
14, se subió a un autobús hacia Addis Abeba, encontró trabajo
como criada y fue violada, dice, por su empleador -el padre de su hijo. Fue
despedida cuando comenzó a notarse su embarazo, dice Siraj.
Como
decenas de miles de otras parias de matrimonios prematuros, no podrá
nunca volver a casa. Pero la vida podía ser peor. Innumerables escapadas
como ella terminan enredadas en el comercio sexual.
En
la norteña ciudad de Bahar Dar hay una trampa como esas para los restos
vulnerables de los matrimonio infantiles de Etiopía. Bares que pregonan
cerveza de mijo, o ‘tela', forman galería a lo largo de las calles.
Luego del anochecer, se pueden ver a niñas limpiando mesas, llevando
vasos o ganduleando en las puertas que chorrean luces azules y música
popular etíope hacia los coches que pasan. En un establecimiento, una
tímida niña cantinera llamada Belayinesh describe de manera monótona
su fuga de un matrimonio convenido y su apaleada esperanza de que "alguien
la ayude".
"La
espera el Sida", dice Teshone Belete, una asistente social que visita el
bar en una de sus rondas a través de los callejones de la ciudad. "En
cinco años estará muerta".
Las
plagas del Sida y del matrimonio infantil van de la mano en todo el mundo en
desarrollo. Incluso las jóvenes novias que no son obligadas a prostituirse
habitualmente contraen infecciones más a menudo que otras.
Investigaciones
de la organización sin fines de lucro Population Council muestra que
debido a que sus maridos son mayores, a menudo con más experiencia sexual
y posiblemente ya infectados con el virus, las esposas niñas corren más
riesgo de contraer el Sida que niñas solteras de su edad.
Trágicamente,
las tasas de infección de las novias niñas de África son
cada vez mayores, debido a la extendida creencia popular de que el sexo con
vírgenes puede curar el Sida. En Etiopía, según las Naciones
Unidas, 6 de cada 10 nuevos casos de HIV se producen en niñas de menos
de 14 años.
Sewareg
Debas, 18, está consciente del riesgo. Una llamativa niña cantinera
amhara con su largo pelo trenzado, fue obligada cuando cursaba el octavo básico
a contraer un matrimonio convenido. Mientras cuenta su familiar historia en
un coche aparcado, una multitud de borrachos de ojos rojos sale de la cantina
de su empleador. Arrastrando sus palabras, se mofan de ella por hablar con extranjeros.
Golpean agresivamente contra las ventanillas subidas del coche. Se reúne
una enorme multitud de curiosos. Debas se queda callada. Aterrorizada, mira
muda su regazo.
Esto ocurre en la aldea de Meshenti, en el camino chino hacia la granja de Tihun.
Baratijas
y zapatos de plástico
Tihun
está encandilada. Mintiwab ha llegado a casa con un fabuloso tesoro:
el vestido de boda de Tihun. Un simple vestido de algodón con un patrón
de flores. Tihun no puede apartar sus ojos de él, ni de tocarlo. Y hay
más. Un par de chancletas de plástico. Un chal tejido para mujeres.
Algunos brazaletes baratos. Cuentas y baratijas.
Tihun
toma de un tirón todos estos magníficos adornos y corre en torno
de la choza de la familia. Es, por primera vez en la vida, el centro de atención.
Una mujer en miniatura. Se casa mañana.
"Yezare
amete, yemamushe enate" ("Para estas fechas el próximo año,
tendrás un hijo"). Para los amharas, esta canción matrimonial
no tiene ambigüedades. A partir de los 14, en promedio, una niña
amhara dará a luz una vez al año durante quince años. Sólo
siete de sus hijos sobrevivirán, el promedio nacional etíope.
Tihun
no será obligada a tener sexo durante algunos años. (Esto lo han
acordado tácitamente las dos familias). Pero cuando llegue el tiempo
-habitualmente antes de los 12 años- su alegre marido entregará
a sus suegros una manta manchada de sangre como si fuera una bandera.
Para
millones de otras novias niñas, la iniciación en la vida sexual
puede ser incluso más traumática. Entre la minoría gurage
de Etiopía, las novias púberes son normalmente "ablandadas"
con purgativos naturales y ayuno, y les recortan las uñas. La noche de
bodas el novio se impondrá a su debilitada esposa. Se espera que ella
resista. Gritos de júbilo se escuchan afuera de la choza nupcial cuando
la noticia de la consumación llega a los invitados de la boda.
En
raras ocasiones, las niñas pagan la violencia, con violencia. Entre los
oromo de Etiopía, Kenya y Sudán, por ejemplo, existe la notoria
práctica del "matrimonio por secuestro". En este caso, no hay
ningún consentimiento: Un novio se hace con una novia secuestrando y
violando a la niña que quiera. Su virginidad arrebatada se transforma
en la base del matrimonio.
Esta
costumbre tribal llegó a primera plana en Etiopía cuando una colegiala
de 14 mató a su violador y futuro marido con un rifle de asalto AK-47.
Fue absuelta del cargo de asesinato para sorpresa del público conservador.
Un grupo en pro de los derechos de la mujer en el país calificó
el veredicto de "una revolución contra la cultura machista".
Tihun
no tiene ni idea de lo que le espera. "No se lo diré", susurra
Alem, su encorvada madre, que se casó a los 10. "Es nuestra costumbre.
Ella debe descubrirlo por sí sola".
Tihun
se pasea en sus chancletas de plástico toda la tarde. Los nuevos zapatos
sacan ampollas en sus pies poco acostumbrados. Pero está demasiado mareada
como para que le preocupe. Y ya no tiene planes de escapar de la boda.
Los
últimos parias
Hay
un hospital en la capital de Etiopía, en Addis Abeba, donde tienes que
respirar por la boca. El hedor del excremento y de la orina, mezclado con desinfectantes,
produce vértigo. Manchas de excrementos con la forma de los pies llevan
de los asoleados pabellones de azulejos blancos a un jardín apartado
afuera. Las manchas son las huellas de las pacientes -mujeres y niñas
cuyos tejidos reproductivos han quedado horriblemente destrozados debido a partos
prematuros. Sujetando dócilmente toallas en torno de sus cinturas, con
fugas constantes, se tambalean debajo de los árboles, tomando el aire
fresco.
El
Hospital de Fístulas de Addis Ababa es el peor final imaginable de una
novia niña. Pero, para decir la verdad, sólo las más afortunadas
llegan aquí. Por cada una de las 1.200 niñas al año que
son operadas aquí de fístulas -el término aplicado a las
rupturas causadas por la cabeza demasiado grande de los bebés que bloquean
pelvis muy pequeñas-, hay otras diez en la selva que no reciben tratamiento.
Según
el Fondo de Población de Naciones Unidas, unos 2 millones de mujeres
en todo el mundo sufren de este devastador achaque. Cada año surgen entre
50.000 y 100.000 casos, 10.000 de ellos solamente en Etiopía. Miles de
víctimas de fístula mueren en sus remotas aldeas sin ser atendidas.
Nadie sabe en realidad cuántas mueren.
"Esas
niñas son los últimos parias", dice Ruth Kennedy, un matrona
estadounidense que ayuda a gestionar el hospital de beneficencia. "Imagínate
oliendo mal y manchando las cosas, y atrayendo a las moscas. Los maridos y las
familias las repudian, y terminan como mendigas o ermitañas."
Como
mucha gente que trata todos los días con el sufrimiento humano, Kennedy
oculta su empatía detrás de una fachada de brusca y lúcida
eficiencia. Zancajea incesantemente los pasillos trapeados del hospital, ensartando
soluciones prácticas para desalentar los embarazos prematuros. Como ejercer
presión sobre la iglesia ortodoxa para que predique con más vigor
contra el matrimonio infantil. O abrir escuelas para niñas para convencer
a los padres escépticos de que la virginidad de sus hijas será
protegida contra los alumnos. O simplemente construyendo más caminos
en el escarpado interior para facilitar el traslado de las niñas embarazadas
hacia los hospitales.
Tiene
poco tiempo para las campañas bien intencionadas de grupos humanitarios
extranjeros. "Sabes, los donantes extranjeros se aparecen por aquí
a sermonear a los etíopes: ‘Hay que proteger a estas niñas
pobres y oprimidas y terminar con el matrimonio prematuro'", dice Kennedy.
"Pero ¿qué pasa con nuestras propias niñas de 13 años
en Estados Unidos y Europa que tienen sexo con varios hombres? Les damos condones.
Así que es bastante hipócrita".
La
mayor parte del tiempo, sin embargo, ella sólo cuenta historias. Como
ésta: "Había una guapa chica afar de 16 años. Sufría
terriblemente, tenía heridas terribles. El parto había durado
cuatro días. El bebé murió. Lo sacó como un pedazo
de carne podrida". O: "Una niña dio a luz a seis bebés
muertos, uno tras otro. El sexto le provocó una fístula".
O: "Un hijo de 18 años transportó a su madre hasta aquí
durante dos días y medio. Tenía orina y excremento en todas partes.
Eso es amor".
Fiesta
y celebración
Tihun
no ha dicho una sola palabra en todo el día. Su marido llegó a
medianoche, como prescribe la costumbre amhara, con una escolta de nueve de
sus mejores amigos. Se llama Ayalew, es un diácono de 17 años
de la iglesia ortodoxa, guapo, regio, envuelto en una deslumbrante túnica
blanca y protegido del cielo por un enorme paraguas rojo. Apenas habla. "Ah,
señorita Tihun", dice su paraninfo, que lleva un formal traje de
boda. "¡Usted es muy afortunada! ¡Casarse con un sacerdote,
es como si Dios la hubiera elegido a usted como la Virgen María!"
Cientos
de vecinos se acercan a la fiesta de pan ácido y carne de cabra. La cerveza
de mijo corre por toneles. Docenas de bailarines calientan el apretado espacio
de la choza de la familia. Trompetas de cuernos de vaca y tambores de pieles
animales resuenan hasta la siguiente y estrellada noche.
A
Melese no le preocupa si el gobierno le pone una multa de 100 birr, unos 12
dólares, por violar el nuevo código civil etíope, que estipula
que la edad mínima legal para casarse es de 18 años para las niñas.
Trajinando entre sus invitados como un ansioso maître, los insta a cantar
más alto. Quiere anunciar al mundo el matrimonio de dos de sus hijos
e hijas.
Tihun
ha sido aseada con trapos mojados. Le han rasurado la cabeza y le han puesto
su apreciado vestido. Acurrucada con su hermana Dinke en un rincón de
la oscura choza, observa con asombro la ceremonia matrimonial que da vueltas
en torno de ella. Sin embargo, es fantasmagórico. Narcotizada por la
falta de sueño -por el ayuno que, según la tradición, la
tranquilizará. Mulusaw, su inseparable amiga, se tiende a su lado para
darle consuelo.
Terminada la petición formal de matrimonio a Melese, no hay más
rituales elaborados. La celebración continúa. Tihun y su marido
no se han dicho una sola palabra.
Al
amanecer del día siguiente ya se ha marchado, llevada por sus parientes
políticos, a su granja en un caballo engalanado con campanillas de hojalata
y terciopelo rojo. Los amigos del novio la acarrean en sus brazos desde la choza
hasta la silla; durante la boda, sus pies no deben tocar nunca la tierra.
"No
lloró cuando se marchó. Eso es bueno", dice más tarde
Melese, con los ojos turbios pero orgulloso debajo del espino de Tihun. "Realmente
no sabía hacia dónde la llevaban".
Melese
se ha ido tambaleando hacia el árbol para proteger de las cabras los
importantes campos de la familia. Está esperando que uno de sus hijos
solteros lo remplace.
La
tierra en torno del árbol todavía tiene las huellas de los pequeños
pies de Tihun. Y las piedras que usaba para jugar a la taba. Efímeras
memorias de una infancia, que se llevará el siguiente temporal.
La
fuente: el autor es periodista del diario Chicago Tribune. Ha ganado
en dos oportunidades el premio Pulitzer. La traducción del inglés
pertenece a mQh. |