La ocupación provocada por la guerra de 1967 logró una gran cosa:
reunió a la mayor parte del pueblo palestino dentro de los límites
de su patria. Por primera vez en 19 años fue nuevamente posible para
los palestinos vivir juntos, como grupo, en el territorio comprendido entre
el Mediterráneo y el Jordán.
Hasta el comienzo de los años noventa ésa fue una experiencia
básica que sirvió en parte para reconstruir al pueblo palestino
después de la catástrofe y la desintegración que experimentó
por el establecimiento del Estado de Israel. Hoy, cuando ese territorio está
mutilado en docenas de enclaves separados en un proceso que fractura a la sociedad
palestina, es posible entender la importancia que tuvo durante un cuarto de
siglo. En 1967 Israel aprendió del error que había cometido en
1948. Tuvo la precaución de no concederles la ciudadanía a los
habitantes de los territorios ocupados, ni siquiera a los habitantes de los
70 kilómetros cuadrados que anexó a Jerusalén. Pero cometió
un nuevo error: abrió un territorio común a judíos y palestinos.
Claro que los judíos tuvieron el privilegio hegemónico para establecerse
en todo el terreno, tomar tierras palestinas y apoderarse de las preciadas fuentes
de agua para construir asentamientos. Este derecho no sólo se les niega
a los palestinos en Hebron o a los refugiados de Jaffa, que viven ahora en el
campamento de refugiados de Jabalya, sino también a los habitantes de
Nazaret y Sakhnin, que son ciudadanos israelíes.
Pero el derecho al desplazamiento dentro del territorio y los derechos básicos
que derivan de él -el derecho a trabajar, a estudiar y a establecer lazos
culturales- abrió las posibilidades de desarrollo y progreso para el
pueblo, tanto individualmente como en su carácter de comunidad nacional.
La experiencia del territorio compensó los muchos vacíos que la
política israelí de discriminación había creado.
Durante ese cuarto de siglo de ocupación, familiares y amigos de los
mismos pueblos pudieron estar juntos. La gente de Galilea y de la Franja de
Gaza podía estudiar en las mismas instituciones educativas de Cisjordania
y Jerusalén, desarrollando lazos culturales y políticos, encontrándose
en las mezquitas e iglesias; podía trabajar en los mismos hospitales,
las mismas fábricas, los mismos mercados, las mismas obras en construcción
y en las mismas compañías que lograron establecer juntos; se formaron
parejas y nacieron niños, que se familiarizaban con el paisaje cambiante
de su patria no por canciones nostálgicas sino por las visitas a sus
parientes.
De hecho, el derecho a vivir juntos en el mismo territorio no sólo se
les negó a los refugiados de 1948, sino también a los nuevos refugiados
de 1967: aproximadamente 240.000 personas, habitantes de Cisjordania y la Franja
de Gaza, que fueron expulsadas o huyeron de los enfrentamientos, y unos 60.000
que estaban en el exterior cuando la guerra empezó. El joven estado,
de sólo 19 años en ese momento, actuó como si hubiera sido
maduro y experimentado: se apresuró a denegar a la inmensa mayoría
de ellos el estatus de residencia en sus tierras. Por medio de varias estratagemas,
les negó también la residencia a otros 100.000 individuos que
habían ido a trabajar o estudiar al exterior después de 1967,
con una formidable habilidad para crear otro eslabón en la cadena de
desposesión que empezó en 1948 y a la que todavía no le
hemos puesto fin.
Pero sólo en el 24° año de la ocupación, Israel empezó
a "corregir" el error de 1967: si hasta entonces la ocupación
se había caracterizado por el robo de la tierra (y del agua), ahora se
caracteriza también por el robo del territorio. Desde 1991, Israel ha
estado creando dos tipos de territorios entre el Mediterráneo y el Jordán:
uno superior, abierto, desarrollado y perfeccionado con destino a los judíos
y un destruido territorio, corrompido por la intencional falta de desarrollo,
destinado a los palestinos.
Este cambio radical empezó en enero de 1991, cuando Israel revocó
el derecho de todos los palestinos a la libertad de movimiento en todo el país
y estableció un régimen de permisos por tiempo limitado, que sólo
distribuyó a una minoría. Primero los habitantes de Gaza fueron
aislados del resto del territorio. Luego llegó el turno de los habitantes
de Cisjordania. Después, la construcción acelerada de asentamientos
judíos y la construcción de caminos alternativos en Cisjordania
(todo bajo el pretexto del "proceso de paz") aisló la parte
norte de Cisjordania de la parte sur y distanció cada vez más
las aldeas de sus principales ciudades. Gradualmente, Israel también
restringió el movimiento de los ciudadanos israelíes no judíos
en los territorios y les negó su entrada en la Franja de Gaza (desde
1994) y después en Cisjordania (desde 2000). Y así es cómo
estamos ahora: un archipiélago de pequeños enclaves, aislados
unos de otros, y cada vez más distanciados.
¡No es de extrañar que haya nostalgia por la ocupación anterior
a 1991!





