Pero ellos no son los únicos miembros de la sociedad israelí. Queda otro componente importante. Las muchedumbres que se reunieron para protestar por la masacre de Sabra y Chatila de 1982 todavía están con nosotros. Hay muchas personas aquí que conocen de historia, que entienden la democracia, que deben estar aterrorizadas por lo que está pasando.
¿Aterrorizados? Ése es exactamente el punto: no lo están. Ellos saben lo que pasó con la legisladora Hanin Zoabi (1), y guardan silencio. Se enteraron de que diputados centristas y de la izquierda intimidaron verbalmente a sus colegas árabes, e hicieron oídos sordos. Leen sobre el torrente de peligrosos proyectos de ley en marcha, y no se inmutan. Son testigos de la macartista cacería de brujas lanzada contra organizaciones sin fines de lucro, diputados y profesores universitarios, y siguen siendo complacientes. Se dan cuenta de que algo está ocurriendo, y que constituye para Israel una amenaza mayor que todas las amenazas externas, sean reales o imaginarias, y persisten en su indiferencia.
La historia les ha enseñado que los regímenes que comienzan a actuar de esta manera están condenados, que Israel está deslizándose en una pendiente, sobre todo porque sus mecanismos de control han perdido eficacia, y sin embargo no protestan. Se dan cuenta de que algo terrible está sucediendo, pero se engañan a sí mismos con la esperanza de que a ellos nada les a pasar. Ellos escuchan todos los días sobre peligros cada vez mayores, y chasquean sus lenguas, dan un suspiro, se quejan un poco y se dejan estar.
Zoabi es acosada, el diputado Ahmed Tibi se ve amenazado, pero ése no es un problema: son árabes. Los que expresan puntos de vista no convencionales son denunciados como traidores, quienes organizan acciones de boicot son multados, los participantes de la flotilla de Gaza, castigados; los activistas de derechos humanos y críticos de las Fuerzas de Defensa de Israel serán ilegalizados... Y la mayoría de los israelíes cree que nada malo va a pasar con ellos. Piensan que para ser un buen ciudadano es suficiente con ofrecer apoyo en la cuestión de Gilad Shalit (nota del traductor: soldado israelí en poder de la organización palestina Hamas). Si alguna comunidad judía en el exterior fuera puesta en estado de sitio se juntaría una flotilla de solidaridad, pero cuando Zoabi es castigada por realizar un simple acto de identificación con su pueblo, no les importa.
Se enteraron de esos rabinos que se oponen a que se les ofrezcan en alquiler viviendas a trabajadores extranjeros, saben de la caza de brujas contra los extranjeros que cruzan ilegalmente la frontera en busca de trabajo, sobre la deportación de los hijos de los refugiados y sobre el aumento de la violencia policial. Ellos piensan que todo esto no es agradable, pero que no les va a pasar. Ellos ven a los representantes de Kadima, su partido de la esperanza, uniéndose a esta campaña de incitación. Ven a los representantes de este falso partido "centrista" fuera del "liebermanismo" de Avigdor Lieberman . Ven a su líder, Tzipi Livni, arropándose a sí misma en un silencio vergonzoso y no protestan por el engaño del que son víctimas. ¿Por qué? Porque están convencidos de que ellos mismos no están en peligro.
Ha llegado el momento de decirles a los que se han retirado y sólo se
preocupan de su propia vida, que también a ellos les va a pasar. Pronto,
muy pronto, les va a pasar. No se detendrá en los diputados árabes
o en las ONG, ni en las universidades o los manifestantes. Ni siquiera se detendrá
ante tu puerta. Entrará en tu vida diaria. ¿Violencia policial?
También alcanzará a tus hijos. ¿Policía política?
También la tendrás. Tu periódico y tu televisión
serán diferentes; la Knesset, sus tribunales y sus escuelas serán
irreconocibles. Ha sucedido más de una vez, y sucederá aquí
también. Si no es hoy, será mañana. El monstruo ha mostrado
su horrible cabeza, se está acercando a todos nosotros, no queda nadie
que pueda detenerlo y cuando llegue, será demasiado tarde, demasiado
tarde.
(1) Hanin Zoabi es una legisladora israelí de origen árabe que fue despojada de sus fueros en represalia por haber integrado la "flotilla de la libertad", que pretendía llevar ayuda humanitaria a Gaza y fue asaltada por las fuerzas armadas en aguas internacionales, matando a 9 de sus tripulantes.





